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Columnas
La democracia interna de un partido político exige disciplina. Las escisiones en la política mexicana tienen su origen en la necesidad de figurar como candidatos, candidaturas que niegan en su partido de origen. Ejemplos hay muchos, pero acusan falta de convicción y muchas veces también sabotaje.
La salida de personajes de la vida púbica de sus partidos de origen son golpes mediáticos en un momento en que la información se ofrece como un menú al gusto donde cada quien consume lo que coincide con sus ideas, aunque sepa, de sobra, que es mentira. Así, la notica de la salida de un político prominente degenera en la especulación de una futura desbandada que nunca ocurre o en una solitaria decisión de abandonar su organismo político, en una libérrima interpretación más cercana al rumor y la especulación que al análisis y a la reflexión.
Cualquier que sea el caso, la falta de identidad en las ideas de cada partido, en sus estatutos se ha relajado de tal manera que los membretes y colores que antes se decían de izquierda se asocian con la derecha y la ultraderecha; los ecologistas se asocian con los depredadores y la justicia social se convierte en parte de la explotación.
Con cada salida de militantes se contribuye a la confusión de ideas, al deterioro del partido del que huyen y al sistema de partidos.
El pluralismo extremo es uno de los enemigos de la disciplina partidista, así como la falta de democracia interna. En el partido en el poder, cualquiera que sea su nombre, desde el momento que llega a gobernar crea una composición heterodoxa al interior, tan diversa y dispersa hay grupos e individuos se odian antes de encontrar coincidencias por las ideas en un mismo partido. La historia de diferencias sociales en México, crean resentimientos muchas veces imposibles de erradicar, no son lo suficientemente asimiladas por los militantes del partido en el poder y, en lugar de pugnar por la unidad, pelean por la escisión, disfrazada de un individualismo frívolo.
Los partidos son grupos de personas unidas por fines comunes con ideas similares, con coincidencias que deben cuidarse al extremo. Y el poder llama a la diversidad por conveniencia y rechaza selectivamente a otros.
La salida de un militante a otro partido tiene como complemento la aceptación de otro partido de inmediato. No hay tiempo para cambiar de piel, menos aún de pensamiento político, sólo se apuesta al cargo, pero no a la identidad. Si se pensara en un lapso prudente, tal vez meses antes de ser aceptado por otro partido, se argumentaría que se viola el derecho a la libre afiliación, del que se ha abusado desgastando otros derechos que contribuyen a la confusión de ideas, identidades y corrientes políticas que terminan por fundirse.