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Chauvinismo adinerado

Chauvinismo adinerado

Columnas jueves 02 de octubre de 2025 -

Que Donald Trump se haya parado en la ONU a insultar a sus autoridades y a los países invitados, como el primo impertinente al que hay que invitar porque paga la comida, no es novedad. Pero en ese unilateralismo agresivo que subestima la importancia de que los países cooperen y no solamente se sometan a uno o dos, existe una ignorancia brutal de la razón de ser del multilateralismo y de los organismos internacionales.

La ONU surgió como un esfuerzo serio en tiempos muy serios, específicamente para responder a los devastadores efectos de Segunda Guerra mundial. Se trataba de crear un marco institucional capaz de gestionar disputas sin llegar a las armas. El énfasis de la cooperación para el desarrollo vino después, pero la razón de ser de la organización fue la de prevenir conflictos militares, sobre todo los de gran escala, cuya memoria estaba literalmente en el pasado inmediato de quienes formaron la organización. Es cierto que la cara de alianzas bélicas se trasladó, primero a la OTAN, y luego al Pacto de Varsovia como su contraparte soviética, pero resalto el hecho de que la voluntad de crear normas y organismos supranacionales ha obedecido siempre al miedo de las naciones a su propia destrucción. Si a lo largo de los años se ha reforzado el estereotipo de los organismos internacionales como elefantes blancos, refugio de snobs apátridas y malinchistas, eso es otra cosa.

Ahora, se entiende que la generación de tiktok no tenga idea de esto a menos que lo haya estudiado deliberadamente, pero el señor Trump es suficientemente viejo como para ser consciente, si no de las dificultades de la geopolítica del siglo XX, sí de su mero acontecer, pues {el mismo es solo un año más joven que la ONU, y fue formado por la generación que vivió la guerra y la posguerra. Por eso llama la atención que, en los tiempos que corren, el presidente del país con el ejército más poderoso del mundo muestre tanto desprecio por un vehículo común (cualquier vehículo) que busque prevenir guerras y aumentar la seguridad colectiva. Las críticas del mandatario, por cierto, se han extendido a la OTAN, cuya permanencia luego de 1991 puede cuestionarse, pero que ha mostrado una utilidad innegable para frenar los instintos expansionistas de los soñadores imperiales.

Los conflictos violentos en el mundo, si contamos las guerras civiles, según el Índice de Paz Global, superan los 50 en 2025. Y por muy lejos que alguien esté de África o Medio Oriente (donde se concentran la mayoría), es imposible escapar a la información de lo que sucede en Gaza, Ucrania, y otros de perfil mediático global. Y ni estos conflictos ni las guerras comerciales que Estados Unidos parece cortejar semanalmente se resuelven con un unilateralismo pendenciero, sobre todo cuando la economía norteamericana, si bien gigantesca, está sostenida sobre capital chino, manufacturas importadas, créditos ilimitados y una sociedad consumista por diseño, que además ya no quiere trabajar en las fábricas.

La experiencia de la Primera Guerra Mundial evidenció la incapacidad de los tratados de paz para evitar la repetición de la violencia y la anarquía entre potencias. La Segunda lo confirmó. Los Estadistas (con mayúscula) descubrieron que la seguridad no podía depender únicamente de la fuerza de cada nación, sino de un orden internacional, uno que fuera entre otras cosas un foro de negociación permanente, de supervisión (si bien no coactiva) del cumplimiento de acuerdos y de mecanismos de resolución alternativa de disputas. Si en muchos casos el orden internacional ha sido más simbólico que eficaz, sigue siendo mejor que nada, porque usualmente esto último se traduce en un estado hobbesiano de abusadores jactanciosos.

La premisa es que la defensa de una nación pasa por la defensa de todas las naciones, de modo que un ataque a una sea considerado un ataque a todas. Es principio, me parece, sigue siendo conveniente en un mundo en el que parecieran ocurrir regresiones decimonónicas.
Con el paso del tiempo, ha quedado claro que la ONU tiene limitaciones estructurales, y de algunos de sus brazos se ha apoderado una casta de huevones políglotas, enquistados en el cosmopolitismo de coctel, que ven a las personas comunes como hormigas, como desde un avión. Pero lo que el multilateralismo encuadrado en normas representa es hoy más necesario que nunca. Será lo que sea, pero la ONU, manteniendo la aspiración de una paz basada en la seguridad colectiva y la cooperación multilateral, introdujo mecanismos más robustos y una estructura más amplia que incluía agencias especializadas, un consejo de seguridad con poderes seudo vinculantes, y un marco para la protección de los derechos humanos, la cooperación económica y el desarrollo sostenible. Y sí, eso es mucho mejor que nada.

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