Las tesis que los estudiantes debemos realizar, son producto del trabajo arduo, que entre otras cosas, nos ha conferido invaluables recursos investigativos, que al tiempo de valorar las fuentes consultadas, comprendiendo su vitalidad, nos hace más humildes en lo que se refiere al esfuerzo que todos aplican para que una investigación culmine, dejando la satisfacción del trabajo cumplido, y además, la posibilidad de realizar aportes al cosmos del conocimiento.
Desgraciadamente, y como parte de un intento de elevar la cantidad de egresados, algunos programas universitarios, han ido limitando la realización de tesis, incumpliendo -personalmente eso creo-, con el deber universalizador de una institución educativa que si bien prepara para el desempeño profesional, no queda limitada su labor a la de ser reclutadora o agencia laboral. Las universidades tienen el deber de cultivar el alma humana desde las más diversas disciplinas, formar ciudadanos, que al mismo tiempo son profesionales cercanos al discurso de la ciencia. En esta labor, ardua, en efecto, la tesis es la culminación.
El plagio es una grave falta académica, que además de nefasta, granjea un desprestigio descomunal en quien lo ejerce. Un robo a la propiedad de una persona que puso su trabajo, su talento y su confianza, en algo que ha contribuido en la formación de su persona.
Despojarle de un bien tan importante, definitivamente es perfectamente comprendido con aquellos que para la obtención de nuestros grados, hemos dejado el alma en su adquisición, y que alguien usurpe semejante producto del espíritu, es inaudito. Sé muy bien que no se necesita hacer una tesis para valorar su significado, pero quizá muchos de los que por su ignorancia o frustración, demeritan este ejercicio académico, es porqué nunca han hecho un trabajo intelectual de este tipo.
Varias instituciones académicas, en su negación del requisito, no simplemente impiden la valoración del hecho en pos de un vulgar criterio cuantitativo, sino que lanzan al mundo personas que en su caso, terminan por realizar una tesis hasta el doctorado, como yo he atestiguado como asesor doctoral, y que no me hace más que lamentar esta situación tan desagradable.
El plagio de una tesis, aunque no fuera penalizado por las instituciones gubernamentales pertinentes, recibiría una sanción infalible, quizá la peor y más letal: la vergüenza. Se necesitaría ser un cínico despreciable que no le interesa dañar a quien tenga que dañar para cubrir su impudicia; no tener ética profesional y con calidad civil indigna para ocupar cualquier cargo público, y si lo ocupa, al menos renunciar. Sí confiado en la posición y la amistad de los poderosos, le confiere cierta impunidad, no será así cuando le digan en su cara: cínica plagiaria.