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Confrontando a los oponentes más brutales

Confrontando a los oponentes más brutales

Columnas lunes 13 de abril de 2020 - 01:45

Es irrefutable que los contextos políticos, sociales y económicos afectan el alcance de las campañas de resistencia civil. Cuestiones estructurales como el tipo de régimen (democrático o autoritario) han sido argumentos reiteradamente utilizados para indicar que las campañas no violentas no tienen posibilidad alguna de sobrevivir a oponentes brutalmente represivos. Apuntalando así a su condena a priori. “Nadie hubiera podido desafiar al régimen Nazi con tácticas no violentas”. ¿Será? ¿Pueden acaso las campañas no violentas sobrevivir frente a sus oponentes más brutales?
Contrariamente a lo que uno podría asumir, estudios analíticos han demostrado que factores como el tipo de régimen (democrático, semi-democrático, semi-represivo o brutalmente represivo), nivel de desarrollo económico, tasa de alfabetización, religión, estratificación y grupos étnicos, no han sido elementos estadísticamente relevantes para calcular la probabilidad de éxito de campañas de resistencia civil.
La mayoría de las campañas de resistencia civil han emergido precisamente en regímenes autoritarios, en donde aún la resistencia “pacífica” en contra de la clase gobernante conlleva a sanciones máximas como la muerte. El paradigmático caso de las mujeres alemanas no judías que protestaron a pesar de las continuas amenazas por elementos de la Gestapo, para impedir la deportación de sus maridos y familiares judíos en 1943 en Rosentrasse, la campaña anticolaboracionista de resistencia civil de Dinamarca para mantener su identidad nacional ante la ocupación Nazi y el movimiento estudiantil Otpor, que, padeciendo sistemáticas violaciones a derechos humanos, logró derrocar a Milosevic, son ejemplos de ello.
Por supuesto que hay estructuras y recursos que hacen a un oponente más difícil de derrocar. Fuerzas de seguridad, la burocracia, elites económicas y medios de comunicación son algunos sus pilares de soporte más habituales. Sin embargo, el arma más poderosa es la instigación del miedo.
Ya es sabido que en México han emergido numerosos elementos que pueden apuntar hacia un régimen sin contrapesos reales: mayoría partidaria en las cámaras del Congreso de la Unión, un Poder Judicial timorato y amenazado, organismos autónomos secuestrados que ya no cuentan con verdadera independencia, la creciente disminución de espacios dialógicos sustantivos y foros universitarios que sirven para refrendar los temas de la agenda del gobierno.
Sin embargo, ante el estado de emergencia sanitaria, en la prensa nacional se aprecia esfuerzos de cámaras empresariales al proclamar acciones para enfrentar la crisis económica sin ayuda del gobierno. También se sabe que han surgido coaliciones entre gobernadores de ciertas regiones del país para diseñar estrategias de contingencia en un sentido considerablemente distinto del enfoque del gobierno central. El hecho de que se empiece a cuestionar el llamado “pacto fiscal” adelanta una posible amenaza a uno de los pilares de soporte del régimen.
Es así, como los actores relevantes comienzan a entender la dimensión verdadera de su poder.

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/CR

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