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@onelortiz
https://youtu.be/dyc9Xy3d3R0?si=8MVQeq3AksE571Es
Desde 2021, la alcaldía Cuauhtémoc ha dejado de ser el corazón político, cultural y administrativo de la Ciudad de México para convertirse en un escenario de escándalos, frivolidad y simulación. La responsabilidad recae en dos figuras, que siu bien llegaron al poder por el voto popular, su principal virtud no ha sido la gobernanza ni la eficiencia administrativa, sino su visibilidad en redes sociales y su capacidad para posicionarse mediáticamente: Sandra Cuevas y Alessandra Rojo de la Vega.
Sandra Cuevas, electa como parte de una coalición opositora pero en realidad sin lealtades partidistas claras, inauguró un modelo de gobierno basado en el espectáculo. Su estilo confrontativo, sus desplantes autoritarios y su uso político de la fuerza pública no sólo fracturaron el tejido institucional, sino que terminaron por degradar la imagen de la alcaldía. Su gestión fue, en los hechos, un laboratorio de populismo mediático, donde lo importante no era atender las necesidades del Centro Histórico, la Roma, la Doctores o Tepito, sino encabezar titulares.
En 2024, la historia se repite —o se profundiza. Alessandra Rojo de la Vega, con una militancia priista superficial, ganó la alcaldía a la más joven del clan Monreal, impulsada más por su popularidad digital que por una propuesta política estructurada. Su caso refleja un fenómeno creciente en la vida pública: el reemplazo de los perfiles técnicos o políticos por influencers cuya única fortaleza es el manejo de imagen. En lugar de gobernar, posan; en lugar de resolver problemas, los transmiten en vivo.
La pregunta es inevitable: ¿debe gobernar quien tiene más seguidores o quien tiene más experiencia? En Cuauhtémoc, la respuesta ya no es teórica. Se ha comprobado que la popularidad digital no se traduce en buena gestión pública. Seis años de abandono, inseguridad, deterioro urbano, nula planeación y protagonismos vacíos así lo demuestran.
Lo grave es que esta tendencia podría replicarse si no se recupera el valor de la política con contenido, con responsabilidad y con visión de ciudad. La Cuauhtémoc no es un set de grabación ni un campo de guerra para ambiciones personales. Es la alcaldía con mayor densidad cultural, económica y simbólica de la capital. Gobernarla exige más que hashtags, exige compromiso, oficio y resultados.
Hoy Cuauhtémoc está secuestrada por la vanidad. Y mientras la frivolidad se disfraza de política, los problemas reales se acumulan. Gobernar no es influir. Gobernar es transformar.
¿Quién pondrá fin al reinado del “like” y devolverá a Cuauhtémoc el gobierno que merece? La pregunta está en el aire. Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.