Las sociedades evolucionan de manera natural y la forma más equitativa de hacerlo, hasta ahora, es a través de la democracia, y quienes dan cuenta de esas transformaciones son los periodistas. No importa que no hayan estudiado en una escuela de comunicación para narrar dichos cambios. No todo el que tiene un espacio puede ser considerado periodista, aunque haya estudiado la carrera.
Hay quienes evocan el pasado como forma de inculcar en su auditorio la nostalgia por lo perdido, aunque la mayoría de la sociedad haya huido de los regímenes viejos que se asemejan a las monarquías y que nada tienen que ver con la democracia, surgen conservadores que pugnan por lo que se fue. Hay nostálgicos de los privilegios.
Entre los que añoran el pasado se ubica una serie de comunicadores que tienen un espacio que podría ser denominado el rincón de la nostalgia, donde, al ver perdido el futuro de sus intereses sólo intenta desgastar el camino hacia el futuro. Saben que no volverán los viejos tiempos, pero persisten en impedir que el futuro llegue con equidad y, sobre todo, con apego a la verdad, algunos de ellos son economistas o abogados sin concluir la carrera, pero se autodenominan periodistas por el simple hecho de ocupar un espacio importante en los medios, también lo ocupan actores, escenógrafos, títeres y payasos. Y no son periodista El tamaño del espacio no otorga títulos de periodismo ni el título en sí mismo cuando se miente.
Hay quienes llaman radicalismo a los cambios, aunque se trate de poner orden en medio de un desorden monumental, del que la historia da cuenta sobre la complicidad entre quienes nada quieren que cambie y a los que quieren regresar intentan detener el tiempo, para lograrlo es fundamental la difusión de la mentira.
El tiempo por sí sólo no es noticia sino lo que sucede en su transcurrir y en ese lapso en donde el trabajo del periodista se calibra. El apego a la verdad debería ser la condición esencial para llamarse periodista, porque ante tantos años de complicidad entre gobierno y periodismo se requieren reglas y conceptos nuevos para designar a quienes informan y a quienes hacen todo menos dar a conocer la verdad.
Hay mercenarios y escribanos que con un espacio en los medios difunden una interpretación a modo de la realidad, reteniendo en el tiempo y la conciencia de la gente la evolución propia de una sociedad consciente del tiempo que vive. El tiempo no fija la cita con la democracia sino el cambio que la sociedad escoge dentro de ese sistema y vagar entre los tiempos sin definir pasado de presente, sin diferenciar las épocas, sólo muestra un grupo de cuentacuentos que sabotea el reloj y el calendario en favor del pasado.