Durante los últimos días se ha vuelto a poner sobre la mesa uno de los debates que marcarán los próximos años: cómo regular la inteligencia artificial sin frenar una tecnología que avanza a una velocidad que difícilmente puede seguir cualquier gobierno.
En Estados Unidos se han reunido representantes de algunas de las principales empresas tecnológicas con autoridades del gobierno para hablar precisamente de este tema. Pero hay algo que llama especialmente la atención. La conversación ya no gira únicamente alrededor de la inteligencia artificial que conocemos hoy. El siguiente paso apunta hacia sistemas mucho más avanzados, capaces de realizar tareas cada vez más complejas y que algunos ya comienzan a llamar superinteligencia.
Y aquí aparece una pregunta que no es menor: ¿cómo se puede poner orden a una tecnología que todavía estamos tratando de entender?
La propuesta que se discute en Estados Unidos tiene entre sus objetivos reducir la enorme cantidad de regulaciones estatales que han comenzado a aparecer y avanzar hacia un marco federal común. La intención es evitar que una empresa tenga que cumplir reglas completamente diferentes dependiendo del estado en el que opere.
A primera vista parece lógico. La tecnología no entiende de fronteras estatales y una plataforma de inteligencia artificial puede utilizarse simultáneamente en California, Texas, Nueva York o cualquier otro lugar. Tener reglas diferentes en cada estado podría terminar convirtiéndose en una barrera para las empresas, especialmente para las pequeñas y medianas que no tienen los recursos de las grandes compañías tecnológicas.
Pero tampoco se trata de dejar el camino completamente libre.
Entre los temas que preocupan están la ciberseguridad, los fraudes realizados mediante inteligencia artificial, la discriminación, la protección de los menores y el uso de estas tecnologías fuera de Estados Unidos. También existe una preocupación creciente sobre qué tipo de tecnología debe permitirse exportar y hacia qué países, particularmente cuando puede tener aplicaciones estratégicas, militares o de seguridad.
Ahí está una de las partes más interesantes de esta discusión. Estados Unidos quiere mantener el liderazgo mundial en inteligencia artificial y, al mismo tiempo, evitar que la regulación termine haciendo más lento el desarrollo de sus empresas frente a otros países, especialmente China.
La pregunta es si las nuevas reglas terminarán buscando únicamente proteger la posición tecnológica y económica de Estados Unidos o si realmente se construirá un marco que pueda servir como referencia para el resto del mundo.
Porque la inteligencia artificial ya dejó de ser un asunto exclusivamente estadounidense. Sus efectos se sienten en prácticamente todos los países. Se utiliza para desarrollar medicamentos, analizar información, automatizar empresas, detectar fraudes, mejorar sistemas de seguridad y también para crear contenidos falsos, manipular información o cometer delitos de nuevas maneras.
El reto será encontrar ese punto medio tan difícil de alcanzar: permitir que la tecnología avance sin convertirla en un territorio sin reglas.
Regular demasiado puede frenar la innovación. No regular lo suficiente puede generar problemas que después sean mucho más difíciles de corregir. Y en el caso de la inteligencia artificial, el tiempo juega en contra de los gobiernos, porque mientras los legisladores discuten una nueva ley, los sistemas tecnológicos siguen evolucionando.
Por eso será interesante observar en qué terminan estos acuerdos y, sobre todo, quiénes terminarán beneficiándose de ellos.
La gran oportunidad sería lograr un crecimiento más ordenado, donde las empresas puedan innovar, competir y crear nuevas soluciones, pero bajo reglas que protejan a las personas y establezcan responsabilidades claras.
La gran preocupación sería que la regulación termine convirtiéndose simplemente en otra herramienta dentro de la competencia tecnológica entre las grandes potencias.
Todavía no sabemos cuál de los dos caminos tomará Estados Unidos. Lo que sí parece claro es que estamos entrando en una nueva etapa. Ya no se trata solamente de decidir qué podemos hacer con la inteligencia artificial, sino de establecer quién tendrá la capacidad de ponerle límites cuando sus capacidades sean mucho mayores que las actuales.
Y quizá esa sea la verdadera discusión que viene: no quién controla la inteligencia artificial, sino quién tendrá la responsabilidad de controlar a quienes controlen la tecnología.
Octygeek / Alejandro del Valle Tokunhaga