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Desmanes Públicos

Desmanes Públicos

Columnas viernes 02 de octubre de 2020 - 00:54

Luis Monteagudo
La manifestación pública es un acto legítimo de la vida ciudadana. La evidenciación del conflicto, como diría Maquiavelo en los Discursos a la Primera Década de Tito Livio, es referencia de una población sana. La libre expresión de los pensamientos de una sociedad plural; la exigencia a las autoridades, en caso de transgresión a las leyes o incumplimiento, le costará la furia pública, patentiza que es la misma ciudadanía la defensora de las instituciones y sus leyes. Un pueblo sano vive la realidad del conflicto civil, contrario a uno que pasivamente, decide acatar acríticamente las imposiciones gubernamentales, o someterse a los postulados del líder, al que le conceden una fantasiosa serie de virtudes, simplemente porque se ha convertido en un surtidor de recursos, despreocupándose de los asuntos comunes.
Maquiavelo, como Rousseau, verán en la pasividad popular, a cambio de recursos directos asignados que no cambian para nada las costumbres sociales, desintegrando cualquier iniciativa de industriosidad en la población que, en lugar de tomar la iniciativa sobre sus problemas, las delega plenamente a una autoridad. Más que ciudadanos, se tendría un populacho parasitario que sobrevive a costa de las arcas públicas, sin retribuir a la sociedad con nada, y si acaso, solamente generando más problemas por conformar las filas dependientes de un patriarca despótico.
La distinción sobre la enfermedad o la sanidad civil, nos remiten al cómo los ciudadanos lidian con sus problemas, respetan o destruyen sus leyes, a nombre del perfeccionamiento común, o a costa de su libertad en pos de la voluntad del demagogo. El respeto a la integridad y propiedad de todos los ciudadanos, debe de ser garantizada, o en su defecto, si estas se ven amenazadas, la defensa civil debe de enarborlarlas como uno de los principios básicos de la legítima lucha. Atentar en contra de la integridad y propiedad ciudadana, o del patrimonio de la república, como su infraestructura física o institucional, en lugar de fortalecer el movimiento cívico, lo termina esclavizando a los apetitos individuales de un conjunto de personas que anteponen sus particulares dolores, como si fueran un permiso para violentar lo que nos pertenece a todos.
Haber patrimonializado el espacio público, cuando ciertos grupos han antepuesto sus particulares exigencias, generando terror entre la población cada que se manifiestan en nuestra capital, gracias a la violencia manifiesta a la integridad y al patrimonio, violando completamente la legalidad, no fortalece a ningún movimiento. El terror generado por el abuso de manifestaciones descontroladas, tiene por consecuencia un desprecio social que para nada abona en la legitimidad de lo que, sin lugar a dudas, puede ser una legítima causa, y antes bien, por torpeza, la terminan degradando a una condición meramente vandálica.
Gran orgullo felicitar a ContraRéplica en estos dos años de información responsable.


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/CR

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