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Duele Zacatecas

Duele Zacatecas

Columnas miércoles 06 de abril de 2022 -

En septiembre de 2005 salí de la central camionera del norte de la Ciudad de México rumbo a Jerez, Zacatecas para participar en nuevo proyecto educativo basado en la experiencia del sistema modular de la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco.

Si soy sincero, encontré este espacio en internet y no sabía nada de Jerez, así que, en casa de mis papás, tomé el último tomo de la enciclopedia que dormía en uno de los libreros. El tomo de la Z contenía unas hojas dedicadas a Zacatecas, con municipios, fotos y algunos datos. El de la J, donde Jerez de la Frontera en España provocaba que se omitiera al zacatecano Jerez de García Salinas.

Un internet diferente al de hoy, me regaló un par de fotos y datos actualizado de un municipio que se negaba a ser imaginado por quien buscaba (yo). Llegué una madrugada Jerez, con tres mochilas con mi ropa y algunos libros para transformar mi mundo. Días después llegó mi compañera de vida y el camino inició.

Las tierras zacatecanas se convirtieron en el lugar donde construí mi realidad de hoy. La tierra rojiza y los cielos hermosamente azules acompañaron mis clases, mis caminos en bicicleta, mi mudanza a Zacatecas capital, mi encuentro con el FPLZ y con mi hoy presente.

Zacatecas era, yo lo viví, un lugar donde la gente buena caminaba, amaba, comía helado, daba vueltas y vueltas a los jardines principales a caballo o en la troca, siempre con la música muy fuerte para enamorar y dejarse enamorar. Cerveza, café, asado de boda. El cerro de la bufa, la sierra de los Cardos, el sol abrazador, el viento helado que recorre todos los rincones y el invierno que se niega a irse, aún con la primavera y el verano. Dicen que, en Zacatecas, “sólo existen dos estaciones, el invierno y la del tren”.

Zacatecas era, así lo viví en las calles coloniales de la cantera color rosa y en el campo, el lugar de quienes viven en paz. Un día, de 2013, me fui de esas tierras coloradas porque mi ciclo de vida se cumplió. Partí mi corazón y tomé la carretera rumbo a la ciudad que años atrás me vio partir.

Hoy, Zacatecas está en la crisis de seguridad más profunda desde la revolución, Conforme a los índices de delitos reportados por la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, Zacatecas registró el mayor índice de homicidios por cada 100 mil habitantes y en 2022 el estado acumula 3 mil 968 homicidios dolosos, mientras el gobierno de David Monreal carece de una estrategia para fortalecer a las policías, lo que ha provocado que los grupos del crimen organizado garanticen algo que ellos llaman seguridad. Lo que ocurre en Zacatecas es la confirmación de que no existe una política contra la inseguridad.

Según datos oficiales, 20 de los 58 municipios de Zacatecas no cuentan con policías municipales y en los que tienen un cuerpo de seguridad son incapaces de enfrentar al crimen porque carecen del armamento necesario y, en algunos casos, se les adeudan varios meses de salario. Han sido las corporaciones estatales y la Guardia Nacional las que han tenido que salir al paso para asumir un compromiso de patrullar el municipio, aunque no se den abasto con tantas poblaciones a cubrir sin policías en ese punto de la geografía nacional.

El gobernador Monreal ha conocido la realidad de que no es lo mismo ser popular como candidato, que ser capaz de gobernar.

El Zacatecas que conocí huyó con los desplazados en 15 municipios del estado, mismos que ya se cuentan por 30 mil aproximadamente, sobretodo hombres y mujeres del campo. Las amenazas, la ofensiva, el temor los ha obligado a salir de sus comunidades y ranchos, por miedo a que se atente contra la familia.

Hoy Zacatecas se mantiene escondido para esperar tiempos mejores en que las fiestas vuelvan a recibir la primavera, a los teatros de calle, a los visitantes que caminen por sus hermosas calles y disfruten de las largas carreteras que se internan en el semidesierto en medio de nopaleras que extienden hasta el horizonte.

Zacatecas, necesita a su gente riendo, amando, luchando por arrancarle el pan a la tierra con el trabajo en las manos y no a quien, escondido en sus casas, lucha su derecho a vivir sin miedo. Zacatecas quiere ser la de antes, la que su paz sólo es rota por la música del tamborazo que siguen el burro del mezcal y quienes quieren bailar en cualquier plazuela donde la banda toma un respiro para seguir por sus calles empinadas.


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/CR

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