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Columnas
Al igual que sucede con el arte, la música, la arquitectura y, en general, con cualquier manifestación de la cultura humana, el deporte es un reflejo de la sociedad que lo produce; es claro que los valores y mentalidad del actual mundo globalizado (que está en vías de desaparecer), están muy presentes en él, pero no siempre fue así.
A principios de los años setenta del siglo pasado aún se conservaba el espíritu romántico en el ámbito deportivo; los salarios y ganancias que se generaban en torno de éste eran muy modestos en comparación con las cifras astronómicas de hoy. La FIFA (Federación Internacional de Futbol de Asociación), dirigida entonces por Sir Stanley Rous, un caballero inglés que no cobraba un centavo por su trabajo, tenía su sede en una antigua casona privada, la villa Derwald en Zurich, Suiza. Ahí se encontraban el secretario general, su asistente y unos cuantos empleados administrativos. Los recursos provenían exclusivamente de los ingresos que generaba la Copa del Mundo y se tenían que distribuir a lo largo de cuatro años. (Todo cambió cuando llegó el Brasileño Joao Havelange -1974-, un empresario que en realidad nunca había tenido ligas con el futbol).
Por su parte el COI (Comité Olímpico Internacional) tenía sus oficinas en el segundo piso de una casa llamada Mon Repose en Lausana, Suiza, donde once empleados que tenían salarios bastante modestos trabajaban muy apretadamente. El COI atravesó por una situación catastrófica a mediados de los años sesenta debido a las pérdidas o bajos ingresos con los JJ.OO. de Roma (1960) y Tokyo (1964). Fue gracias a los primeros contratos que firmó con las grandes cadenas televisivas que su situación comenzó a estabilizarse y mejorar paulatinamente. (La presencia no oficial, pero sí fundamental de Horst Dassler -fundador de Adidas-, eminencia gris y oscura por momentos, cambió las reglas).
La F-1 era un campeonato de constructores de automóviles de competencia, hombres-niño que gastaban fortunas es su desarrollo sólo porque querían ganar carreras, no dinero. De hecho, muchos de ellos incluso se arruinaron en el intento. (Hasta que un antiguo vendedor de chatarra y visionario de las finanzas, Bernie Eccleston, se apoderó de la máxima categoría para convertirla en un gran negocio).
En la mentalidad de los dirigentes de aquellos viejos organismos aún privaban las ideas caballerescas del deporte como una lucha en el campo del honor, un presidente del COI lo expresó claramente: “los Juegos Olímpicos no son un negocio y quienes pretendan hacer dinero con el deporte no son deseados. ¡Es tan simple como eso!”. Esta forma de percibir el deporte es parte del pasado; en los tiempos que corren FIFA, COI y F-1, sólo por citar ejemplos de organismos con presencia mundial, son empresas multinacionales que manejan miles de millones de dólares y generan más ingresos que muchos países. Sus dirigentes tienen derecho de picaporte con los políticos más importantes y personajes poderosos, viajan y viven a todo lujo y son como príncipes o miembros de la realeza.