El Estafador de Tinder no es un documental, aunque eso pretenda. Es una película, porque la edición y el ritmo de la narración de hechos buscan crear un arco de suspenso que culmina en la posibilidad de que el sinvergüenza sea o no detenido en un aeropuerto, luego de una vuelta de tuerca, también muy novelesca, donde el timador es timado. Osea muy básico, pues. Sin embargo, las víctimas son reales, y la historia reviste interés por el encuadre en el mundo de los ligues virtuales y, no menos ilustrativo, por los comentarios de la audiencia sobre el perpetrador y las mujeres embaucadas.
Richard Seymour tiene un libro magnífico intitulado “La máquina de Twittear” , en el que disecciona el mecanismo por virtud del cuál las redes sociales moldean la realidad y controlan nuestro comportamiento. Exageraciones aparte, es evidente que la industria social (las redes sociales pero también los buscadores de internet, y el mundo virtual interactivo, en general) ostentan ya el monopolio de la validación pública (y también del escarnio). Por eso no debe sorprendernos que hombres y mujeres estén buscando en Tinder a su pareja ideal, porque de las aplicaciones de su teléfono obtienen absolutamente todo: de facebook el antojo voyerista, de twitter la catarsis impune y agresiva, de instagram la compulsión narcisista, y así. En este contexto, es ingenuo y un poco injusto recriminar a las mujeres de la película que usen Tinder o cualquier otra aplicación para tomar decisiones en su vida privada, la verdad es que todos estamos en esa realidad digital, lo queramos o no.
Lo siguiente que le achacan a las víctimas es que se hayan fijado en un hombre sólo porque desplegaba, fraudulentamente, enormes recursos económicos y estatus social. Como si los demás nos fijáramos siempre en lo contrario, en el crayón más pobre y tartamudo de la caja. Supongo que esos comentarios de sadismo abyecto provienen sobre todo de personas muy jóvenes, que racionalizan en la falta de dinero sus fracasos amorosos. Quien tiene cierta experiencia sabe que, para esos menesteres, es la seguridad y el buen trato, no el dinero en sí, lo que vuelve atractiva a una persona, hombre o mujer. El villano de la película se pavoneaba con un arrojo caricaturesco e histriónico (la especialidad de los estafadores es, precisamente, esa, la de desempeñar de forma convincente un personaje sin asidero real), así que no es extraño que haya podido seducir a tantas mujeres que, sin importar el perfil, no iban buscando simplemente abusar económicamente de un sujeto. Y una de ellas lo dice con claridad, por cierto: una cazafortunas no pide prestado para, a su vez, entregarle el dinero a algún imbécil sin ninguna garantía. Nos queda, al final, una sensación desoladora, donde los engaños y traiciones de quien logra ganarse nuestra confianza, caen un terreno legal gris y desprotegido, y de que el entorno culpa siempre a la víctima que ha sido engañada. Con o sin tecnología, son sentimientos innobles, como la traición, la soberbia y la culpa, los que parecen ocupar las primeras planas de todas las historias.