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El campo que no sembramos: la dependencia silenciosa de México

El campo que no sembramos: la dependencia silenciosa de México

Columnas jueves 21 de mayo de 2026 -


Cada año, silenciosamente, México le transfiere a Estados Unidos más de 30 mil millones de dólares por algo que debería ser innegociable: la capacidad de alimentarse a sí mismo.

No es un drama nuevo, pero sí uno que se ha profundizado de manera alarmante en los últimos seis años y que hoy, con el T-MEC en revisión y los aranceles de Donald Trumpresonando, exige una conversación honesta y firme.

Y es que, en 2019 México compraba a Estados Unidos alrededor de 22 mil 500 millones de dólares en productos agropecuarios.

Para 2024 esa cifra había escalado a 30 mil 191 millones, un crecimiento del 34% en apenas un lustro. El maíz encabeza la lista con cinco mil 512 millones de dólares importados en un solo año. Le siguen la carne de cerdo, lácteos, soya y trigo, es decir: alimentos básicos, los que están en el plato de todos los días.

La ironía es brutal. Nuestro país es uno de los principales exportadores agroalimentarios del mundo, donde la cerveza, aguacate, café, cacao y tequila llenan de orgullo los discursos oficiales, pero depende de su principal competidor comercial para garantizar que su población tenga acceso a granos y proteínas. Somos potencia exportadora de lo suntuario e importadores de lo esencial.

¿Cómo llegamos aquí? La respuesta no es simple, pero tampoco es misteriosa. Décadas de política agrícola que privilegió el mercado sobre la autosuficiencia, la firma del TLCAN en 1994 que abrió las compuertas a los granos subsidiados del medio oeste estadounidense, y la consolidación de una industria pecuaria mexicana que hoy es altamente competitiva, pero profundamente dependiente de insumos importados.

La geografía también conspira a favor de esta dependencia: ningún proveedor alternativo puede competir con la eficiencia logística de tener un granero a unos cuantos kilómetros de distancia.

Pero 2025 fue una sacudida. La administración Trumpimpuso aranceles del 25% a productos mexicanos y un gravamen compensatorio del 17% al tomate fresco, producto del cual México abastece el 70% del mercado estadounidense.

El resultado fue una caída de casi 23% en el valor de las exportaciones tomateras entre enero y octubre. En Sinaloa, la siembra se redujo hasta un 25% en algunas zonas. No se trata de estadísticas abstractas: son familias de productores, jornaleros agrícolas, empacadoras, transportistas.

El campo tiene rostro, y ese rostro quedó muy golpeado.
Pero si el tomate fue la herida visible, el maíz es la hemorragia crónica. México proyecta importar hasta 25 millones de toneladas en el ciclo 2025-2026, un volumen que hace apenas dos décadas hubiera parecido inverosímil para una nación que fue cuna de este grano.

El gobierno actual lo ha entendido, al menos parcialmente (esperemos). El Plan México destina 54,000 millones de pesos para fortalecer la producción de maíz, frijol, arroz y leche, con una meta de incrementar un 17% la producción de maíz blanco hacia 2030. Es un paso, aunque insuficiente si no va acompañado de inversión en infraestructura rural, acceso al crédito y políticas de largo aliento que trasciendan los ciclos electorales.

Lo que viene tampoco invita al optimismo fácil. La revisión del T-MEC, prevista para julio de 2026, es el gran momento de verdad. Si el acuerdo se renueva en términos razonables, el comercio bilateral, importaciones incluidas, podrá seguir creciendo ordenadamente, quizás alcanzando los 36,000 o 38,000 millones para 2029.

Si las negociaciones se prolongan o fracasan, los escenarios son considerablemente más oscuros, con una posible reconfiguración forzada de cadenas de valor que ninguno de los dos países está preparado para absorber sin costo.

México ha demostrado, en este último año tenso, una capacidad de adaptación que sorprende. El cumplimiento de las reglas de origen del T-MEC saltó de 48.6% a 75.1% en cuestión de meses, lo que muestra que el aparato productivo puede moverse cuando tiene incentivos y claridad. Esa misma resiliencia debería aplicarse, con igual urgencia, al desafío de reducir la dependencia alimentaria.

Porque al final, el verdadero riesgo no es que Estados Unidos nos venda maíz. El riesgo es que cualquier mañana decida no vendérnoslo, o hacerlo a un precio que nosotros no podamos pagar. Y ese día, los aranceles del 17% al tomate parecerán un problema menor.

El campo que no sembramos hoy es la crisis alimentaria que alguien más tendrá que resolver mañana, ¿o esa es la intención?.

Ing. Luis P. Cuanalo

Presidente del Colegio de Ingenieros Agroindustriales de México, A.C. (CIAGROIN).

Empresario del sector agroindustrial.

CANACINTRA Sector agroindustrial.




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