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El honor del gobernante

El honor del gobernante

Columnas viernes 12 de diciembre de 2025 -

Síntoma de decadencia, es quedar enjaulado tras los barrotes de la adulación. Precepto básico de todo gobernante, es saber escapar de los maquillajes laudatorios que se transforman en prismas que tergiversan las luces de la razón. Típico de déspotas, es rodearse de un séquito poco dado a controversias o abiertamente incapaces de hacer sombra a los “sublimes dichos del iluminado” -cosa que a estos fascina como la miel a las moscas- y así, con impunidad, gozar del favor de un soberbio engolosinado consigo mismo.

Los desfiles de los sátrapas comunistas con amontonadero dispendioso, sólo convencía al séquito y al líder, a la manera de Nicolae Ceausescu y de su esposa Elena -caso psiquiátrico aparte-, que atiborraban la Calea Victorei cuando el régimen estaba colapsando; un muro de hierro resquebrajado sediento de la bendita adulación, encubridora de sus mórbidas debilidades, hasta que un error de guión sacó todo de control en la Plaza del Palacio el 21 de diciembre de 1989, cuando el dictador fuera abucheado en pleno contexto de auténticas manifestaciones nacidas en la ciudad de Timisioara, reprimidas con la dureza hipócrita del que todo lo hace por las más sublimes causas del bienamado y siempre victimizado pueblo ("aunque sin el pueblo").

Digno es saber leer los tiempos, comprender que los contextos son cambiantes y que las palabras otrora inflamatorias, pueden ya no despertar la más tímida llama entre personas contradictorias que se confrontan con las circunstancias donde alguna vez tuvieron más respetabilidad de lo que ahora tienen. La adulación es una cortina interesada muy distante del aprecio, pues donde brille el claro eco condescendiente, puede hallarse la espina envenenada que hiera el alma y tan pronto como pueda, le abandone.

El auténtico aprecio de la sociedad se obtiene cuando en plena tormenta, incluso se soportan los oleajes más furiosos; cuando en la barca a punto del naufragio, las personas resisten y se aferran a la vida y al respeto de sus leyes y de sus gobernantes, como aquellos que acechados en torno al rey Leónidas de Esparta, como diría el mensajero, según Heródoto, tras la batalla de Termópilas, sin nada a cambio “ofrecieron la vida por sus leyes”, y su memoria, divinidad para los viejos griegos, aún y ahora en un contexto de tanto salvajismo empoderado, brindan sentido al significado de la palabra “respeto”.

El gran gobernante no se envuelve en los harapos del autoengaño, ni hace de sí mismo a su mayor traidor, pues comprende perfectamente el valor de no creerse la palabrería demagógica, y mucho menos, exigirla a la sociedad que no es tan torpe para tragarse discursos, ni confiere espacio a los recuerdos donde sabe que la semilla de la desconfianza se ha sembrado. Que lleguen mejores días, que nuestros prados reverberen cuando el riego del conocimiento ofrezca paz como si fueran los frutos de un verano permanente.

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