Luis Monteagudo
Los profesores conforman el órgano intelectual de un país. Constituyen la noble profesión del magisterio, capaz de construir la conciencia de una sociedad, en un mundo donde se requiere el uso de facultades críticas para evitar que surjan grupos de poder que lucren con las carencias, manteniendo un perverso estancamiento que anquilosa a las comunidades y las somete al autoritarismo y la mediocridad.
José Vasconcelos, consciente de la necesidad de que la sociedad mexicana trascendiera sus propias contradicciones, como la marginalidad e ignorancia reinante en una comunidad sometida a tiranías, comprendió que la única manera de salir de la infamia, es a través de la educación, de la educación crítica, de la formación que hace de la filosofía el instrumento primo para enfrentar los retos de la historia: la fundación de la Secretaría de Educación Pública; la campaña de alfabetización masiva; el patrocinio del movimiento muralista y la construcción del nacionalismo posrevolucionario; la edición de libros de texto gratuitos bajo la dirección de Jaime Torres Bodet, en donde el adoctrinamiento revolucionario, queda completamente opacado por la grandeza de una clase intelectual ejemplar para su época. Vasconcelos es el constructor del andamiaje educativo nacional, hecho de bronce, y que todos los mexicanos portamos en el alma.
El filósofo en el poder, edificó instituciones. La heredad del magisterio, debe de ser digna del mayor proyecto cultural de América Latina, que enaltece una profesión que es ante todo una forma de vida, que no puede ser opacada por la inverosimilitud de grupos de poder o del mercado. El magisterio de todos los niveles, no puede ser desamparado o usado por sindicatos u organizaciones políticas o privadas para lucrar, en nombre de la educación, para fines particulares. Los profesores no deben de ser lacerados con contratos parciales, de ser finiquitados semestralmente; de quedar sujetos sus ingresos a una política laboral parcial que los obligue a acumularse de materias para sobrevivir, y en lugar de ser estimulados para fomentar el desarrollo de sus estudios, terminan alienados a políticas laborales injustas, que para nada contribuyen al desarrollo de sus instancias laborales y mucho menos para el progreso de los estudiantes o del país.
La mejor manera de festejar a nuestros mentores en su día, es pagándoles lo justo, no desamparándolos o haciendo de su conocimiento una simple mercancía. El ejemplo del paro de labores en la facultad de derecho de la UNAM, debe sentar el precedente, pues si esa marginación irrespetuosa a la que sometieron a los profesores, no pagándoles, ocurría en la máxima casa de estudios, el panorama en otras instituciones es indigno de aquellos que nos han dejado lo mejor de sí en su paso por las aulas.