Hay torneos que nacen con vocación de rutina y otros que, casi sin pedir permiso, se convierten en referencia. El México City Open pertenece claramente al segundo grupo. A punto de celebrar su quinta edición, el certamen capitalino no solo presume organización y continuidad: ya empieza a hablar el lenguaje de los grandes, ese que se mide en ambición, convocatoria y prestigio.
La reciente presentación del evento —encabezada por Jorge Nicolín, director del Centro Deportivo Chapultepec, y Ademar Rodríguez, director del torneo— dejó claro que la meta no es sobrevivir en el calendario Challenger, sino escalarlo. Del 5 al 12 de abril, la arcilla de la Ciudad de México volverá a ser escenario de un torneo que, en apenas cuatro años, ha logrado algo poco común: ganarse la etiqueta de “el mejor Challenger del mundo”.
Y como toda etiqueta exige sustento, la lista preliminar de jugadores empieza a darle forma. El francés Valentin Royer, actual número 60 del ranking ATP, y el australiano James Duckworth (83) encabezan un cuadro que mezcla presente competitivo con promesa en desarrollo. Nombres como Tristan Schoolkate, Nicolás Mejía, Jay Clarke, Luka Pavlovic y el suizo Marc-Andrea Huesler —campeón de la primera edición— completan una primera fotografía que sugiere profundidad y diversidad.
Pero si algo distingue a este torneo es su vocación local. En un país donde el tenis sigue buscando consolidar figuras, la presencia de Rodrigo Pacheco Méndez en singles y de los experimentados Santiago González y Miguel Ángel Reyes-Varela en dobles no es un detalle menor: es una declaración de intenciones. El México City Open no solo importa talento, también lo impulsa.
La puerta de los wildcards, todavía entreabierta, añade un matiz interesante. La organización ha recibido múltiples solicitudes de jugadores mexicanos, lo que refleja un ecosistema en ebullición, aunque también deja ver una realidad: competir por un lugar en casa empieza a ser tan exigente como hacerlo fuera.
Más allá de la lista final —que se conocerá tras el cierre de inscripciones el 16 de febrero—, el verdadero partido se juega en los despachos. Nicolín ha sido claro: el objetivo es escalar de categoría 125 a 175 dentro del circuito Challenger. No es un simple cambio de número; es una transformación estructural. Implica más puntos, más bolsa, más visibilidad… y, sobre todo, más competencia.
El contexto no ayuda. Solo existen cinco torneos de categoría 175, y el calendario es un rompecabezas donde cada pieza se defiende con celo. Aun así, la organización mexicana ya tocó la puerta de la ATP con una propuesta estratégica: ubicarse entre Indian Wells y el Miami Open, dos gigantes del circuito. La jugada es arriesgada, pero también lógica. En ese intersticio del calendario, los jugadores buscan ritmo, puntos y adaptación. México podría convertirse en parada obligatoria.
El aumento en la bolsa —225 mil dólares a repartir, con cerca de 33 mil para el campeón— es otro síntoma de crecimiento. No cambia la historia del tenis mundial, pero sí manda un mensaje claro: aquí se compite en serio.
Quizá lo más interesante del México City Open no sea lo que ya es, sino lo que intenta ser. En un circuito saturado de torneos que cumplen sin trascender, este evento ha optado por incomodarse, por crecer antes de tiempo, por aspirar a más. Y en ese intento, que combina gestión, visión y oportunidad, está construyendo algo más valioso que un buen cuadro de jugadores: una identidad.
Si lo consigue o no, dependerá de factores que van más allá de la cancha. Pero por ahora, en la arcilla capitalina, ya se juega un partido distinto. Uno donde el rival no está del otro lado de la red, sino en la escala misma del tenis mundial.