Las tensiones en la península coreana se incrementan. La semana pasada el régimen de Kim Jong-un lanzó al menos diez misiles balísticos de corto alcance al Mar Amarillo. Con estos van ya este año más de cincuenta lanzamientos. En octubre un misil norcoreano sobrevoló el archipiélago japonés hasta caer en el Océano Pacífico. Todas las alarmas se activaron y el gobierno de Tokio ordenó a la población buscar refugio. Estados Unidos, Corea del Sur y Japón respondieron con lanzamientos de misiles y efectuando ejercicios militares conjuntos. Washington también desplegó un portaaviones a la península. Sin embargo, Kim no se arredra. De hecho, muchos analistas creen inminente un nuevo ensayo nuclear subterráneo en el campo de prueba en Punggye-ri. Sería el primero desde septiembre de 2017, cuando tuvo lugar la sexta detonación de un dispositivo atómico.
Pyongyang ha decidido adoptar una postura agresiva acicateado por la guerra de Ucrania. Kim observa la vital utilidad de tener capacidad nuclear, la cual (en “mala hora”) Kiev depuso en los años noventa. También tiene presentes los ejemplos de Gadafi y Saddam Hussein, quienes renunciaron a las armas de destrucción masiva. Ahora, con Occidente distraído en Ucrania, también busca ejercer presión para procurar el levantamiento de las sanciones internacionales impuestas a su régimen en castigo, precisamente, a sus programas nuclear y misilístico. Pero estos ataques solo han servido para acercar a Corea del Sur con Japón, dos países tradicionalmente distanciados, pero ahora unidos por serios temores de seguridad comunes. Los acontecimientos en Ucrania han dejado en claro a las naciones cercanas a Corea del Norte la imposibilidad de considerar a la paz como una escenario inmutable y sobreentendido.
Corea del Norte utiliza a las armas nucleares para obligar a Occidente a aceptarlo como un miembro de pleno derecho de la comunidad internacional, tal y como en su momento reconoció a China después de convertirse ésta en una potencia nuclear. Desde su asunción al poder en 2011 Kim ha llevado a cabo más de setenta pruebas de misiles balísticos, en comparación con los veintidós de su padre Kim Jong Il y los nueve del abuelito Kim Il Sung. Además, el año pasado el Amado Líder prometió adquirir un satélite espía, junto con un misil con capacidad de transportar múltiples ojivas nucleares y atacar objetivos de precisión a 15 mil kilómetros de distancia. El nieto pródigo quiere pasar a la historia por haber convertido a su pobre país en una potencia militar, lo cual ni su padre ni su abuelo lograron. Esa es la única gloria a su alcance, porque para él es imposible revivir la economía de su país o superar los graves problemas sociales de la población. Así suele suceder con muchos “hombres fuertes”. A falta de mantequilla, ¡cañones!