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El reto del gobierno mexicano: prudencia

El reto del gobierno mexicano: prudencia

Columnas viernes 07 de marzo de 2025 -

La prudencia es la virtud del político: saberse comportar ante las circunstancias, según estas se presenten, y como cada una de ellas es particular, no existe ninguna ley que pueda establecerse, siendo, quizá la historia, el único recurso posible porque da fe de lo que otros hicieron para vérselas con las duras exigencias de los tiempos y sus tormentos.

Cuando estudiamos, por ejemplo, las consecuencias de una guerra, no podemos simplemente acercarnos a la situación apelando a las grandes teorías que la procuran comprender -por ejemplo, la “teoría de la Guerra Justa”, de F. de Vitoria-, pues es necesario acercarnos al contexto, como serían las dos preocupaciones del siglo dieciséis: “la colonización americana” y la “guerra contra el imperio turco-otomano”. Estudiando cómo se apela a la unidad de la cristiandad, no entenderíamos esa proclama sin saber que era una lid ante una potencia musulmana, a cuyo nombre, una “guerra santa” era librada entre potencias.

La prudencia es una consejera valiosa que susurra respetuosamente a los oídos del gobernante sin más imperativo que lo que el arbitrio de éste disponga. Cuidado y templanza en el lenguaje -así se habla a los poderosos-, recomendarán lo mismo Cicerón que Séneca, o Maquiavelo y Bodin, pues la educación de los Príncipes ha tenido en el recurso histórico, su acompañante perenne.

Prudencia ha sabido mantener la Presidenta de México, y esa virtud hay que saberla reconocer. Ante la tempestad evidente, no podemos parapetarnos en una negación de un hecho evidente. Tenerselas que ver con una pléyade de “calígulas” soberbios, aportan el nutrimento experiencial que hoy florece a favor de un país que requiere de la prudencia suficiente para enfrentar la amenaza arancelaria. El “buen actuar” que la circunstancia impone se manifiesta, porque una falla en el uso del lenguaje -veamos a Trudeau-, desataría la violencia de un Trump que nos recuerdas a las apasionadas reacciones de los gobernantes absolutos, repletos de caprichos y contradicciones para las que no existen teorías, más que ejemplos, como bien lo estudiaría Tácito cuando sus Anales sobre el Imperio Romano, retratan las más sorprendentes acciones de los césares, ante los que finalmente habrá que alinearse, pues si no, los costos podrían ser terribles para poblaciones completas. El primer deber de un gobernante son sus leyes y, en segunda, sus sociedades.

La gobernante mexicana enfrenta el reto de ser traicionada por el antiguo aliado, el “amigo” que vilmente le reprocha los más sorprendentes reclamos, difícil de asimilar cuando la lealtad debería de regir sobre ellos, sellado además con un contrato -como el T-MEC- que es violado con una indignidad que comprometen el respeto y la confianza, virtudes ambas de cualquier persona de valía. Ante la situación, prudencia, pues la traición, exige serenidad y cuidado.


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