La cultura inyecta sentido para la vida. Ofrece al quehacer de la persona, una orientación básica para que el tránsito por la historia sea algo más que un “estar” -presencia física-, transmutando en “ser” -la presencia del absoluto dentro de sí-. “Ser” es alcanzar un fin para el que se ha trazado un camino; un sendero repleto de las maravillas de los antepasados que conceden por herencia a sus descendientes, alertando o reconociendo lo que de valioso permite a la persona y a su sociedad, desplegar en toda su dimensión el poder del sentido por existir. Carecer de sentido, es una muerte lenta, atascada en la profunda zanja del “sinsentido”, de encontrarse vacío de causas; de méritos; de sueños (…).
Para evitar el “sinsentido”, Roma, enamorada de Grecia, no comprendió en el retome de su cultura una mera adquisición repleta de romanticismo -aunque también-. Entendió que el poderoso potencial cultural de la Hélade dotaría a un pueblo joven de sentido de ser, de ser inoculado por la grandiosidad del mito que enriquecería el imaginario de un pueblo guerrero que no solamente puede vivir de guerras y conquistas territoriales, que aunque se tengan, se requiere de algo más donde la vida de las personas cobra una realidad trascendente a los peligros, desde la delicias del amor, como Ovidio expondrá en sus “Ars Amatoria”; a la epopeya virgiliana, a través de su apropiación homérica, vinculando a las gens del latió con la grandiosa progenie de Príamo, Rey de Troya, con un Príncipe Eneas que no solamente llevó a cuestas a su senecto padre, sino también portó el sagrado fuego Ilión entre sus manos.
Un romano aprendió a soñar como griego, y poco a poco desarrolló sus habilidades filosóficas que comprenderían el programa educativo del estoicismo bajo el que cualquier ciudadano formado, bilingüe por antonomasia -griego y latín-, encarnaría la cumbre de un proyecto que trascendería la materialidad de las armas, para edificar los fundamentos intelectuales de la cultura occidental.
Ese ser es propio de las culturas añejas; ricas en símbolos y portadoras del fuego que ilumina la vida de las personas y de los imperios. Cuando Grecia fuera conquistada por Roma, su debilidad militar, sería compensada con creces por la gloria de su cultura. Los latinos comprendieron que, sin la guía de una civilización pletórica de riquezas, o se exterminarían entre ellos, o su barbarie no dejaría testimonio para ser reconocidos como grandes entre las eras.
Cuando es tal la desmesura, que hace imposible la gesta, hay que entender que siempre habrá algo valioso qué aportar, y cuya ganancia no simplemente satisface los proyectos del gigante, sino que también garantiza la memoria de una cultura madre que se encapsula en las almas de sus conquistadores, logrando que su gloria perdure.