Hace más de 10,000 años al abandonar la caza y la recolección, ante la necesidad de disponer de alimentos para satisfacer sus necesidades, el hombre tuvo que aprender a cultivar el suelo, iniciando la actividad primaria más importante que realizamos en el planeta: la agricultura. A través del tiempo fue descubriendo el comportamiento de este maravilloso organismo vivo que es el suelo agrícola, creando diferentes técnicas de cultivo. Todo iba bien con aquélla primera forma de sembrar que no utilizaba arados para abrir estos surcos que conocemos en la actualidad, sino que solamente se arrojaban las semillas sobre el suelo y se practicaba la rotación de cultivos. Después inventa el “arado” (artefacto que penetra el suelo para colocar las semillas a mayor profundidad) jalado por animales. Es aquí cuando inicia el problema. En 1934 conocimos el gigantesco desastre ambiental que ocasionó la destrucción de 81 millones de hectáreas de suelos cultivables en Estados Unidos de América, realizada por granjeros en las llanuras del medio oeste (debacle conocida como el Cuenco del Polvo) al dejar expuesto (desnudo) el suelo. El presidente Franklin D. Roosevelt decide crear el Servicio de Conservación de Suelos como respuesta para impulsar la agricultura regenerativa, en un plan en cooperación con la naturaleza en lugar de actuar en contra de ella, como la indebida utilización de fertilizantes químicos y plaguicidas tóxicos. Además del nocivo monocultivo que agota el suelo.
Nuestros productores agrícolas desconocen el ciclo del carbono. Nuestro planeta funciona con carbono. Somos carbono. Los microorganismos del suelo viven del carbono. Es el suelo donde reside la solución a nuestro mayor reto: el calentamiento global. Los sistemas naturales de captura de carbono (CO2) son: el suelo, la corteza vegetal y millones de toneladas de algas marinas. El suelo almacena el carbono del planeta, pero al destruirlo (por nuestras actividades) liberamos carbono en forma de CO2. Se nos olvida que la fotosíntesis es el milagro que realiza la biomasa que al recibir la luz solar absorbe CO2 y nos regala oxígeno y se encarga de trasladar ese carbono al suelo, desde hace millones de años.
Para resolver el problema, sabemos que el único camino es regresar a la agricultura regenerativa (con rotación de cultivos y pastizales) para recuperar cientos de millones de hectáreas de suelos erosionados y regresar al suelo el CO2 que hemos liberado desde hace 100 años. Es urgente.
*Carlos Alvarez Flores, Presidente de México, Comunicación y Ambiente, A.C.
Experto en Gestión de Residuos y Cambio Climático
www.carlosalvarezflores.com y Twitter @calvarezflores