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El virus que viaja en avión

El virus que viaja en avión

Columnas jueves 16 de abril de 2020 - 00:16

Las pandemias de otro tiempo viajaban a la velocidad de las personas de entonces. La peste del siglo XV caminó con los peregrinos y los comerciantes, la mal llamada influenza española navegó con los soldados y los negociantes del principio del siglo XIX. Por citar algunas. El coronavirus, causante del Covid-19, viaja en avión, por eso su expansión ha sido tan rápida y general.
Ninguna enfermedad ha sido derrotada por la humanidad; el desarrollo de la investigación biológica ha encontrado vacunas y remedios para muchos males, pero de repente hay brotes de peste bubónica, lepra, sarampión, polio o paludismo que nos recuerdan que ahí están, que no se han ido.
El desarrollo tecnológico ha creado nuevas amenazas de las que el grueso de la población no sabe nada y tampoco entiende. La guerra, que es la expresión de lo peor del ser humano, explora toda posibilidad de destrucción y ha creado armas nucleares pero también armas biológicas.
El riesgo mayor del agotamiento del capitalismo descarnado, brutal y depredador, es que los dueños del planeta decidan defenderse de su desaparición por la vía, tantas veces utilizada, de la violencia. Y eso significa poner a la humanidad al borde de la extinción.
Este parón del mundo, este confinamiento obligado, este detener la maquinaria económica drásticamente, ha demostrado que en la armonía de la vida el que estorba es el hombre. Cuando éste desaparece, vuelven los patos a las lagunas, los ciervos a donde estuvieron sus praderas y los peces a las aguas que, ya limpias, les permiten vivir.
Si no aprendemos esta vez que lo importante es la convivencia y no la competencia, que lo sano es que todos tengamos lo necesario y no unos pocos lo superfluo, merecemos la desaparición de nuestra especie. Y no es sólo desaparecer realmente, sino perder nuestra esencia, cambiar el amor por el egoísmo, la generosidad por la avaricia, el goce por la envidia. Perder lo mejor del ser por el afán de tener.
Yo espero que las mujeres agrupadas en el creciente movimiento feminista organizado, que los jóvenes ecologistas que comprenden que sólo tenemos una casa y hay que mantenerla habitable, que las generaciones que hoy se preparan para transformar a la sociedad, lo logren. Vivir en tensión constante, con miedo de perder lo que se posee o de no conseguir lo que se desea, manipulados por las grandes corporaciones, no vale la pena.

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/CR

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