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Erdogan, el Otomano

Erdogan, el Otomano

Columnas miércoles 15 de julio de 2020 - 00:02

Recep Tayyip Erdogan, hombre fuerte de Turquía desde 2003, siempre ha tenido la obsesión de reivindicar la herencia otomana de Turquía y ello lo ha llevado a arremeter contra el Estado laico erigido por Atatürk y a tratar de obtener un protagonismo internacional de primer orden.
A principios de este año el Parlamento turco aprobó, por iniciativa de Erdogan, el despliegue de tropas en Libia para apoyar al gobierno de ese país, debilitado por la rebelión del general Haftar. Quiere el presidente tener influencia en el Mediterráneo Oriental, zona con importantes yacimientos de hidrocarburos, y para ello firmó con el gobierno de Trípoli acuerdos para asegurar la futura explotación de esos recursos y extender la zona económica marítima turca hasta hacerla limitar con la frontera marítima libia, idea enérgicamente rechazada por Grecia y Egipto. Así, Turquía se ha convertido en un elemento más de inestabilidad en una región de por sí conflictiva.
Aunado a su aventurerismo militar, Erdogan afrentó a la comunidad internacional al anular el estatus de “museo” que tenía Santa Sofía desde 1934 para volver a convertirla en una mezquita, ello pese a la inconformidad de la Unesco. El sitio fue nombrado como Patrimonio de la Humanidad en 1985. También Francia, Estados Unidos y Rusia protestaron, y Grecia calificó esta decisión como una “provocación abierta” al mundo civilizado.
Erdogan toma estas medidas porque le urge desviar la atención del electorado turco ante las insuficiencias de su gobierno: crisis económica, creciente autoritarismo, mal funcionamiento del sistema presidencialista. Para hacerlo atiza un debate polarizador, recurso consustancial del buen líder populista.
El líder turco ha atraído el voto de conservadores, nacionalistas y religiosos impulsando a la más rancia tradición musulmana con medidas como el libre uso del velo en todas las instancias del Estado, una mayor presencia pública del islam, el aumento del número de escuelas religiosas, la islamización del currículum educativo, etc.
Pero la economía ha estado muy castigada en los últimos años, con un raquítico crecimiento de 0.9% en 2019, alto desempleo, moneda inestable e inflación de dos dígitos. Y para empeorar el cuadro, llegó el coronavirus.
El descontento crece, y con ello la represión. En el último mes, decenas de diputados de oposición, activistas de derechos humanos y periodistas han sido detenidos por cargos de espionaje y terrorismo.
El debilitamiento del gobierno de Erdogan, otrora asaz popular, se manifestó claramente el año pasado con el rotundo revés del partido oficialista en las elecciones municipales del año pasado, en Estambul y Ankara, las principales ciudades del país.
Ahora Erdogan apuesta a una muy arriesgada intervención militar en Libia y a la decisión sobre Santa Sofía para recuperar popularidad, pero Turquía perderá mucha de su reputación como un país internacionalmente confiable.

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/CR

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