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Eugene Ionesco: el desencanto del absurdo

Eugene Ionesco: el desencanto del absurdo

Columnas viernes 12 de junio de 2020 - 00:32

Al final de sus días, Eugène Ionesco (1909-1994) ⎼en su domicilio en Montparnasse, un departamento anegado de libros, antigüedades, pinturas y un Miró dedicado “con admiración”⎼ se declaraba angustiado y desencantado de la vida.
El escritor franco-rumano, considerado uno de los padres del llamado teatro del absurdo, aseguraba que ya nada de lo que había sucedido o de lo que podría suceder en el campo de la ciencia, el progreso, la evolución o la historia, podría sorprenderlo ya. “Es como si no tuviese nada ante mí, como si tú estuviste detrás de mí. Ante mí ya no tengo nada… La historia no se me parece más que como una catarata de respuestas falsas o parcialmente justas y absolutamente falsas e inútiles”, apuntó en Présent passeé, Passe présent (1968).
Aunque dedicó ocho años a estudiar a Platón, como queda asentado en Notas y contranotas (1962), a los sesenta y cinco años dijo no haber entendido ninguno de los presupuestos del filósofo griego. Y, a decir verdad, ni siquiera pretendió comprenderlo. Para el dramaturgo, “comprender es demasiado poco. Haber comprendido es estar fijo o congelado. Es como si uno quisiera detenerse en un escalón, en medio de una escalera, o un pie en el vacío y el otro sobre la escalera sin fin”.
Por otra parte, el antiguo placer que le concitaba escribir también se fue extinguiendo. Ya no lo hacía con agrado, sino con indiferencia, por costumbre, incluso con una especie de fastidio. “Antes, hace muchísimo tiempo, me sentaba con gozo ante mi mesa, para escribir. Luego, ya no fue más que un cierto placer. Más tarde, cuando escribía decenas de páginas de diario consagradas a ciertos conflictos que tuve con mis antiguos amigos, que se habían vuelto fascistas, nazis, o guardias de hierro, me sentaba la mesa a pesar de cierta repugnancia”.
En la primera parte de su Diario en migajas se preguntó, angustiado, sobre el paso del tiempo, y ahí mismo confesó que todos los días intentaba asirse a algo estable, afanándose, desesperadamente, en correr detrás del inasible presente, para instalarlo y ampliarlo. Y por alguna razón, pensaba que, yendo de un lado a otro sin parar, podía llegar a conseguirlo: “Viajo para volver a encontrar un mundo en donde el tiempo no tenga poder”. Y es que para el autor de La cantante calva (1950) “dos días en un país nuevo valen por 30 de los que uno vive en su lugar habitual, recortados por la usura, deteriorados por la costumbre”.
Pero la costumbre es como el tiempo: uno resbala sobre él como por un suelo demasiado encerado, y Ionesco no fue capaz de escapar. En menos de lo que esperaba, su presente se convirtió en un vacío que, con sus ojos achinados, sólo fue capaz de mirar con una expresión de imbatible nostalgia.
Su vejez fue una sucesión de quejas y reproches. A sus biógrafos reclamó que consideraran a Samuel Beckett como el padre del teatro del absurdo: “¿Por qué le confieren esa invención? Él es pesimista, si se quiere hasta profundamente nihilista, pero nadie como yo ha creado, a través del humor y el disparate una dramática semejante. Yo he resaltado, mejor y antes que nadie, la incongruencia entre el pensamiento y la acción… Yo soy el auténtico padre de ese teatro”.
Tampoco toleraba a Bertolt Brecht y su teatro dialéctico. Y se entiende su animadversión hacia el autor alemán. El autor de Tambores en la noche no quería del público la participación mágica y sorpresiva que buscaba Ionesco. Brecht no pretendía, o mejor dicho: alegaba que no pretendía, con un dejo profesoral, que el auditorio se identificara con sus personajes, sino que los comprendiera.
Ahora bien, nadie ignora que todos los autores comprometidos quieren convencer, reclutar. Y eso era precisamente lo que detestaba Ionesco: “Cuando un fulano me muestra, en teatro, a unos policías que hieren a los explotados, lo hace para que yo me convierta, mágicamente, en el obrero, para que participe de su dolor, para que me coloque su lado, para que me identifiqué con él”.
Cada autor que se autodenomina objetivo o que clasifica su obra como realista o peor: que practica una literatura justa y llena de razón, tarde o temprano, hace que sus personajes salgan a escena con un palo para castigar o nos presentan a una criatura buena a quien recompensar. Y eso también enfurecía al autor de La lección, una exquisita pieza que expone, por lo demás, un simple y delirante episodio que, de la nada, deriva en un temible autoritarismo. De ahí que para Eugène toda obra comprometida no fuera más que “un vulgar melodrama”.
Más que hablar del perverso burgués, de la maligna compañía de petróleo, del odioso militarista o del despreciable traidor a la patria, al rumano le interesaba hablar sobre aspectos más íntimos: sus miedos, sus deseos, su angustia de existir o, del libre curso que le obsequiaba a su imaginación y a su construcción imaginativa.
En obras como El porvenir está en los huevos, El maestro o Las sillas no es el malo ni el bueno quienes protagonizan los episodios. Tampoco son el burgués o el proletario quienes desempeñan los papeles cardinales. Los personajes de Ionesco no pertenecen a tal o cual clase, a esta o aquella raza, ni a este ejército o aquel. Sus personajes principales son criaturas balbucientes, repetitivas, desprovistas de filiación partidista y ajenas a cualquier urdimbre política: son, si cabe remacharlo, seres absurdos.
No debemos olvidar que al alcohólico Ionesco ⎼“No he sido verdaderamente feliz más que borracho”⎼ la vida se le presentaba como una desgracia y sólo le parecía llevadera embriagándose: “Y como el alcohol mata la memoria, yo no he conservado más que recuerdos brumosos de mis euforias”.
En 1992, dos años antes de morir, el anciano Ionesco se preguntó: “¿Por qué me he tomado tanto tiempo en mi literatura?” Y él mismo se respondió: “No me ha hecho avanzar ni un sólo paso en el conocimiento ni en la iluminación, ni en la serenidad”. Y tampoco estaba muy satisfecho con lo que había leído. Los libros que devoró ⎼de literatura y de filosofía, pero sobre todo de literatura, porque gozaba de una inteligencia más concreta que abstracta⎼ no hicieron “más que reforzar, apoyar, lo que he sabido desde siempre: que no se puede saber nada, salvo que la muerte, la muerte absurda y desdentada y vacía, está esperándonos al final del camino”.
Este hombre, quien alguna vez afirmó que “un literato no es más que aquel que dice en voz alta lo que los demás se dicen así mismos en murmuraciones”, fue un viajero que se pasó, yendo de un lugar a otro, persiguiendo la vida: “He corrido de tal forma tras la vida, que la he perdido. Y, sin embargo, corro todavía tras la vida con la esperanza de alcanzar la en último momento, con unos altos sobre las escalerillas de un vagón del tren que parte.

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/CR

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