En su más reciente publicación, James Loxton explica que las y los “Dictócratas” y “dictovástagos” suelen reivindicar el pasado autoritario como una época de orden y prosperidad económica para beneficiarse del desencanto. A diferencia de los partidos sucesores que intentan distanciarse de sus raíces, estas candidaturas utilizan su herencia política y la nostalgia autoritaria como herramientas electorales efectivas.
El autor dice que mientras la literatura se ha volcado a estudiar cómo los demócratas se convierten en dictadores, se ha ignorado la frecuencia con la que las urnas devuelven al poder a antiguos autócratas o a sus descendientes. Denuncia que aproximadamente una quinta parte de las democracias surgidas desde 1974 han elegido a un «dictócrata» (exdictador) o a un «dictovástago» (hijo o hija de un dictador) como titular del gobierno, desafiando la premisa de que el pasado autoritario es un estigma insuperable.
La tesis central se articula en torno al equilibrio entre la “herencia autoritaria” (activos como marcas populares, redes clientelares y estabilidad percibida) y el “bagaje autoritario”, que comprende el lastre de la represión y la corrupción. A diferencia de los partidos sucesores autoritarios, que pueden recurrir a la contrición o la ofuscación para sobrevivir, las y los dictócratas y dictovástagos carecen de esa opción; su identidad política está intrínsecamente ligada al régimen anterior. Por ello, su estrategia suele ser el abrazo abierto al pasado, presentándolo no como una era de opresión, sino como una edad de oro de orden y progreso.
Mire, en Bolivia, Hugo Banzer regresó al poder en 1997 reivindicando su eslogan de la era dictatorial, “Orden, Paz y Trabajo”, capitalizando la nostalgia frente a la crisis económica de la democracia incipiente. En Filipinas, Ferdinand Marcos Jr. triunfó en 2022 mediante una sofisticada campaña de desinformación que transformó el régimen cleptocrático de su padre en un mito de prosperidad nacional. Este fenómeno se nutre de lo que Loxton denomina la “falacia de la edad de oro”, donde las y los votantes asumen que la o el heredero replicará los supuestos éxitos del antecesor, operando bajo una suerte de “ventaja de titularidad heredada”.
El auge de partidos de nostalgia autoritaria en democracias consolidadas, como Vox en España o Chega en Portugal, demuestra que este sentimiento no es exclusivo de transiciones fallidas. En Chile, Kast alcanzó una votación histórica en 2025 reivindicando abiertamente el legado de Pinochet.
Ante este escenario, Loxton plantea que las respuestas institucionales, como la prohibición de candidaturas (Guatemala, Ríos Montt) o los sistemas de segunda vuelta han tenido un éxito relativo para frenar estos retornos.
La conclusión es clara: la nostalgia autoritaria no se combate solo con datos históricos sobre atrocidades, sino abordando las deficiencias de la democracia actual. Si los líderes democráticos no logran resolver problemas críticos de seguridad y corrupción, el mito de la eficiencia autocrática seguirá siendo una oferta electoral atractiva.
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