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Gatopardo

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Columnas jueves 05 de junio de 2025 -

Estamos totalmente inmersos en una era de significados, no de hechos. Por eso Donald Trump puede alardear que no cabía la gente en un evento donde claramente se ven sillas vacías, o la presidenta puede afirmar que fue un éxito un proceso electoral donde votó el 13%, cuando apenas hace un año, en el proceso donde resultó electa ella misma, participó el 61%. Y así como el 87% de las personas ocuparon su domingo en no ir a votar, también un 87% de las personas en el espacio público se dedica a gritar improperios contra “el otro bando”, enarbolando banderas que oscilan entre la mentira y la imbecilidad. Los dos bandos.

La elección judicial representará un cambio radical en algunos aspectos. Mientras dure la curva de aprendizaje de los jueces y magistrados del montón, el daño que sufran los justiciables puede ser considerable. No hablo de las sentencias por encargo o los fallos al mejor postor, que esos los ha habido siempre en asuntos específicos y con juzgadores específicos; preocupa que miles de sentencias los próximos años, que deciden sobre justicia cotidiana, sean adefesios producto de la mera ignorancia, de la franca inexperiencia de quien, de un día para otro, pasará de repartir propaganda “para el movimiento” a decidir sobre el futuro de una persona o un patrimonio, sin mayor virtud que la lealtad hacia quien lo metió en la lista. Eventualmente aprenderán, casi todos, porque ya en la alberca, o nadas o te ahogas. Y aun así habrá asuntos donde prevalezca la Razón de Estado, el dinero, o el nepotismo. Porque sin prejuzgar sobre el “progreso” o “retroceso” que signifique un cambio de sistema o de clase política, hay rasgos que siempre nos han acompañado como sociedad.

Estoy consciente de que esta línea de pensamiento puede caer fácilmente en el derrotismo idiota o en el complejo de inferioridad. No es mi intención. De hecho, siempre he sostenido que el paradigma de impersonalidad individualista anglosajón, que nos venden como el único concepto posible de mérito e imparcialidad, está viciado de origen, porque desconoce las condiciones estructurales que, por diseño, facilitan el ascenso socioeconómico de unos, mientras obstaculiza el de otros. Es un tema de adecuar las normas a las sociedades para su constante mejoramiento, y no viceversa, como pretenden la teoría de la modernización, el marxismo, el neoliberalismo y nuestra tía Lola, que no supera su viaje de 20 días a Europa y que a lo gringo le sigue diciendo “americano”. Es fácil saber que, si uno se pasó a un alto, no debe intentar sobornar al policía, o que, si uno es alcalde y tiene una empresa constructora, está mal que esa alcaldía contrate a esa constructora para la obra pública. No es tan fácil justificar hasta sus últimas consecuencias porqué las fortunas heredadas no pagan impuestos cuando los herederos llevan dos generaciones sin tener ningún mérito en nada, o porqué la única manera de ser objetivo es maltratando a los parientes.

Lo que sugiero simplemente es analizar los procesos políticos bajo una perspectiva histórica y con variables que vayan más allá del diseño institucional y las reformas legales. Varias personas que tenían plaza de “servicio profesional”, me confesaron luego de años de cambiar de giro, que en esa casta de meritócratas, se diseñaban y pasaban las respuestas entre ellos, y cargaban los dados en las entrevistas. Los ingenuos que creían estar “compitiendo”, sólo estaban legitimando un nombramiento discrecional revestido de falsa equidad. Un amigo mío, que trabaja en un gobierno estatal, se quejó de que en su trabajo le exigieron ir a votar, acordeón en mano, y enviar como “evidencia” la foto de su dedo entintado. Supongo que no todos los brazos del aparato estatal de movilización electoral fueron tan puercos y descuidados (espero). Y todo esto es viejo, viejo como las camarillas revolucionarias que se regalaban grados militares porque “se la jugaron con uno”; como los líderes sindicales que garantizaban voto corporativo; como los cuadros panistas que creen estar más capacitados que cualquiera para gobernar porque desprecian al Estado como entidad pública, y lo conciben como un simple velador de intereses empresariales. Y todos ellos eran y son, al derecho y al revés, mexicanos. Y como tales, pueblo. A quien le pese.


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/CR

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