El señor Nayib Bukele no inventó ni el populismo penal ni la reelección indefinida. Pero es uno de los ejemplos recientes más proclives a ser estudiados sobre las modas políticas que van y vienen. Los antecedentes del presidente salvadoreño son típicos de la carrera meteórica del “hombre fuerte”, dentro de un país pequeño y pobre, que tenía una enorme dependencia exterior para el diseño de sus políticas y un pandillerismo rampante, a tal grado que el control territorial y violento que tenían dos bandas (Barrio 18 y la Mara Salvatrucha) limitó el desarrollo de la criminalidad organizada fuera de ellas, incluyendo el narcotráfico. Su mandato estuvo marcado, además, por la pandemia y la respuesta que dio ante ella (subsidiando desde la luz hasta el internet para todos los salvadoreños, con dinero prestado), y su política más célebre ha sido la construcción de una enorme prisión donde metió a todos los pandilleros, casi simultáneamente, y que mantiene (a mucha honra y públicamente) privados de casi todo, incluyendo proteínas. Es decir, la coyuntura doméstica y global le vino bien a su estilo vaquerón e isleño de “aquí nomás mis chicharrones truenan”, porque estamos en una era de desgaste democrático, agotamiento por sobre información y escepticismo hacia la creación de consensos y compromisos realistas entre ideologías rivales. El apoyo mayoritario hacia gobernantes de este corte también ha sido común a lo largo de la historia, de entrada, porque ofrecen un sentido de orden y unidad, y usualmente medidas draconianas para cortar los problemas de raíz (estas normalmente fracasan, pero cuando se cae en la cuenta de ello ya es demasiado tarde, y los países se quedan con sus problemas y con el mandamás, que ya no quiere irse).
En el caso de Bukele, tiene un par de incidentes que, a mí, como ciudadano salvadoreño, me preocuparían (pero no lo soy, así que sólo paso el recado). Uno de ellos, la ocasión que rodeó el congreso de su país de soldados durante la deliberación de un presupuesto de egresos, que implicaba amplios márgenes de maniobra para la presidencia. Se lo aprobaron, porque por supuesto que se lo iban a aprobar, pero esa imagen de soldados sitiando órganos legislativos nunca es gratuita, ni tersa. Es un símbolo clarísimo para quien quiera verlo de lo que piensa el presidente sobre la separación de poderes, la negociación y el disenso, tres cosas indispensables para una sociedad democrática y de libertades, aunque ese concepto anda muy de capa caída.
El autoritarismo y la concentración de poder ofrece certezas y tranquilidad en el corto plazo, sobre todo a sociedades hartas de lo que perciben como estancamiento y lentitud en la toma de decisiones colectivas. El problema es que la legitimidad de los caudillos depende de estar entregando resultados materiales constantes, para lo cual se debe tener dinero ilimitado y problemas más o menos claros y simples. De lo contrario, tarde o temprano se acaban los préstamos y con ellos se van los subsidios y apoyos gubernamentales, se revela la aparición de un problema nuevo en lugar de la eliminación de uno viejo (creer que el modelo penitenciario de meter a todos en una caja y esperar a que se mueran de hambre o de viejos va a terminar con el crimen, no es mas que una hipótesis); en fin, la legitimidad y aclamación depende de que se sigan administrando tanto las narrativas como los conflictos de forma indiscutible para la mayoría. Porque cuando eso falla (y siempre falla, tarde o temprano), el caudillo se queda en el poder sin el apoyo popular, sino con el apoyo de otros actores, y de otras emociones, como pasa en Venezuela y en tantos otros lugares. Les pasa a todos.