La designación de consejerías del Consejo General del INE, proceso en el que actualmente me encuentro participando, ha sido, para mí, mucho más que un acto público de selección. Ha representado una experiencia de conciencia sobre el sentido del servicio, sobre el peso de la trayectoria y sobre lo que significa abrirse paso institucionalmente después de haber aprendido a vivir durante muchos años en la exclusión.
En 2023 integré una quinteta. Aquella experiencia fue importante y aleccionadora. Sin embargo, en esta ocasión el proceso ha tenido un significado distinto. No lo he vivido solo como una aspiración personal, sino como la convergencia de todo lo que he estudiado, trabajado, defendido y construido a lo largo de mi vida; es decir, como la manifestación de una historia que busca una forma visible de expresarse en el ámbito público.
No sé cuál será la decisión final de la Cámara de Diputados. No sé si integraré las quintetas o si llegaré a ser designado. Pero algo esencial ya ocurrió: una persona que conoció desde temprano la diferencia, la incomprensión y la exclusión ha llegado hasta aquí no por concesión, sino por formación, experiencia, trabajo público y perseverancia.
Por eso la acción afirmativa que represento no debe entenderse como gesto compasivo ni como concesión ornamental. Debe asumirse como una vía institucional de inclusión para personas y grupos que históricamente han debido abrirse paso desde los márgenes sociales, culturales y políticos. Que una persona neurodivergente, con discapacidad psicosocial, dentro del espectro autista halla llegado a esta etapa no es solamente un dato individual. Es una señal sobre el tipo de instituciones que México necesita construir y sobre el tipo de democracia incluyente que aún estamos llamados a ampliar.
Mi trayectoria pública tampoco puede reducirse a una condición personal. He trabajado durante décadas en el ámbito electoral, jurisdiccional, académico y de derechos humanos. He entendido el servicio público como una forma de lucha social: una manera de ampliar espacios de inclusión, de corregir inercias de exclusión y de contribuir a que las instituciones sean más abiertas, más sensibles y más conscientes de la pluralidad humana.
Por eso he defendido mi independencia. En días recientes, algunas lecturas periodísticas han intentado ubicar mi perfil dentro de categorías políticas que no corresponden a mi trayectoria. Aclararlo no es un acto de susceptibilidad, sino una obligación de coherencia. La independencia no es una consigna de ocasión, sino una responsabilidad ética e institucional
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Llegar hasta aquí tiene un sentido profundo. No solo por mí, sino por todas las personas que hemos aprendido a vivir sintiéndonos fuera de lugar. La exclusión enseña a resistir.
Flor de Loto: La democracia también se mide por su capacidad de incluir a quienes durante mucho tiempo solo hemos podido mirar desde afuera.