Nadie duda, si hoy fueran los comicios presidenciales, Morena se alzaría con el triunfo, cualquiera que fuera su candidato; tampoco que al menos ganará cuatro de las seis gubernaturas en disputa este año. Pero hay un factor interno que puede cambiar la crónica anunciada de su poderío electoral: su divisionismo, el canibalismo político y las ambiciones facciosas.
Dignos herederos del PRI -su génesis-, buscan el poder por el poder mismo a costa de lo que sea, aun si hay que zancadillear al amigo o al aliado. También conservan las peores prácticas heredadas de las tribus perredistas. Morena, a pesar de su fuerza, no se ha consolidado como un verdadero partido político y vive a la sombra de la popularidad del presidente que, como en los viejos tiempos de gloria del priato, es visto como el primer morenista del país y por eso solo esperan instrucciones para seguir sus estrategias electorales y se creen lo de las encuestas como el método para designar candidatos; todos juegan a competir y buscan la popularidad mas no hacer propuestas. En adelantada sucesión, los tres gallos del partido guinda quieren afanosamente convertirse en los abanderados presidenciales, aunque saben que solo con la anuencia del tlatoani uno será el ungido. Por eso empiezan a dudar sobre el método de las encuestas patito o cuchareadas.
Entonces, como en la película de Kramer vs Kramer, el divorcio y la descalificación se hacen patentes entre peleadores del mismo establo. Utilizan recursos legales e ilegales, dineros públicos y otros no muy claros para promoverse y gozar de la aquiescencia del primer morenista del país. Pero también se dan de patadas por debajo de la mesa y se promueven golpes políticos y mediáticos. De todo se vale. Desprestigia que algo queda.
Lo mismo sucedió con las nominaciones para las tan esperadas gubernaturas. Primero el acto de unidad, la pelea limpia entre suspirantes, sin golpes bajos, respetarán los resultados de las “encuestas del pueblo sabio”. En cuanto se conocieron los otros datos, al menos en tres estados surgió el síndrome de Kramer vs Kramer. Se olvidaron de la urbanidad política y empezaron los descontentos y descalificaciones. Que si no es justo el principio de equidad de género, que si donde impusieron hombre era mejor la precandidata. Que si el senador fulano estaba mejor posicionado que los otros. Que si era mejor el político o la política local y no los que mandan de la Cámara Alta, que se ha convertido en cantera de gobernadores.
Nadie está de acuerdo con los oscuros resultados de las dichosas encuestas, saben que al final será el gran elector quien decida a los candidatos. Por eso se desviven en mantener la merced del patriarca.
Todo ello desgasta al movimiento, se polarizan las tribus y hay amenazas de resquebrajamiento de un ente monolítico. El legislador zacatecano, el de la experiencia política y administrativa, es el más lejano en los afectos del tlatoani, y hará hasta lo imposible por desbancar a sus oponentes, aunque dañe al partido. Los otros no cantan mal las rancheras y también protagonizan encarnizada y soterrada pelea y las tribus jalan con quien mejor les acomoda.
En el caso de los suspirantes derrotados en las entidades federativas, además de las protestas legales, hay anuncios de cambio de partido, lanzarse por la oposición en respuesta al desdén que sufrieron de su propio partido. Nada nuevo bajo el sol, se reedita la historia del antidemocrático y autoritario partido único y las luchas intestinas de la veleidosa izquierda, cuyas tribus no permitieron consolidar un verdadero proyecto político.
Difícil se ve que la gente, en las próximas elecciones, salga de la obnubilación en que entró en el 2018, pero la guerra intestina que vive Morena, como Kramer contra Kramer, puede cambiar la historia.