La captura de Nicolás Maduro y su traslado a Nueva York para enfrentar cargos federales de tráfico de drogas y narco terrorismo, puede ser leída como una “escena pedagógica” respecto de cómo funciona la globalización realmente existente, donde el “mercado mundial” convive con la excepción soberana y la logística militar. La operación fue ordenada por el presidente Trump y detonó condenas internacionales por violaciones al derecho internacional; Maduro se declaró “secuestrado” y se declaró no culpable ante la corte.
A la vez, las declaraciones públicas de Trump sugieren una pretensión de tutela política sobre el desenlace venezolano -con frases en la línea de que Estados Unidos “correría” o “administraría” la transición-, mientras que Marco Rubio ha intentado acotar el horizonte: negar intenciones de “guerra” y subrayar que, en el corto plazo, lo decisivo para Washington sería el control del riesgo (drogas, sanciones, petróleo) más que una democratización inmediata.
El hecho relevante que se deriva de esto es el mensaje estructural: en un sistema-mundo tensionado, la jerarquía no desaparece; se reconfigura. La interdependencia comercial y financiera no disuelve el poder coercitivo, sino que lo transforma en un hecho selectivo, rápido y “narrable” como moralidad pública (“justicia”, “narcoterrorismo”, “restauración democrática”). En términos de Wallerstein, esto luce como un acto típico de centro-periferia: cuando un nodo periférico se vuelve inestable o demasiado costoso, el centro puede optar por reordenar el tablero por vías extra económicas y políticas.
México, por su parte, juega en una mesa distinta: nuestra economía se encuentra acoplada integralmente a la norteamericana; pero es, sobre todas las cosas, un Estado con historia y vocación civilizatoria propia. En ese sentido, la opción mexicana no es “alinearse” o “romper”; sino administrar inteligentemente una asimetría permanente. Este realismo implica tres movimientos.
Primero, evitar la confrontación abierta: una diplomacia de bajo perfil, jurídicamente consistente y económicamente legible para Washington. Es decir: cooperación focalizada donde al vecino le importa de verdad (seguridad fronteriza, cadenas críticas, estabilidad macro), y firmeza institucional donde México no puede ceder (no intervención, protección de connacionales).
Segundo, construir autonomía material. La independencia “se compra” con capacidades: infraestructura logística, energía confiable, innovación, y un Estado social de derecho capaz de crecer y distribuir con justicia. Autonomía significa diversificar mercados y financiamiento, pero, sobre todo, escalar en la cadena de valor para que la relación con EE. UU. deje de ser “mano de obra + proximidad” y se convierta en “tecnología + resiliencia compartida”.
Tercero, blindar el desarrollo con legitimidad democrática interna: sin Estado de derecho, seguridad pública y cohesión social, nuestra estrategia geopolítica se vuelve frágil. La globalización parece castigas a los países que no garantizan contratos, derechos y previsibilidad; y premia a los que convierten estabilidad en desarrollo integral.
En síntesis: este episodio recuerda que el poder duro sigue siendo una variable central del capitalismo global. Para México, la salida realista es una combinación de prudencia diplomática, fortalecimiento institucional y política económica de capacidades, para cooperar sin subordinarse y para integrarse sin disolverse.
Investigador del PUED-UNAM