El “foxtrot” sería un muy popular baile nacido en los Estados Unidos, expandiéndose por el mundo Occidental tras el fin de la Primera Guerra Mundial. Hacia la década de los veintes, el país americano atenderá el llamado soviético para enfrentar la hambruna. Lenin requisó los granos, so pena de muerte por sus “malsanas ideas burguesas”, a todo agricultor que difícilmente pudo soportar el embate invernal, costando cerca de seis millones de muertos.
La ayuda internacional arriba a los Soviets, en 1922. Los estadounidenses se instalan en Moscú y contratan a personal que hable inglés. Los jóvenes nobles que todavía quedaban, gracias a su educación, lo hablaban, y a pesar de haber sufrido lo insufrible en pos de la conciencia de clase que los convertía a ellos y a sus familias, en enemigos permanentes de la revolución, se adecuaron a las feroces condiciones de la dictadura roja.
Del trato con sus auxiliadores, surgió una brillante relación. Es bien sabido que a la par de su salario, los estadounidenses pagaban con alimentos que llegaban en abundancia desde América, y sus empleados, agradecidos, los retribuyeron con una de las instituciones más aristocráticas del repertorio nobiliario: el baile. La casa de los Condes Sheremétev, se convirtió en sede del primer baile de foxtrot en Rusia, llamando la atención no solamente de los invitados -que además, aportarían el jazz y el blues, que influirían posteriormente en la música orquestal rusa en autores como Stravinsky o Shostakovich-, sino también de la policía soviética, que veía como una amenaza al ideario revolucionario, un baile extranjero que promovía la homosexualidad y un culto a la corporalidad de repugnante origen burgués.
Esos adolescentes sobrevivientes de los primeros asesinatos encabezados por Trotsky, jefe del ejército rojo, a las órdenes de Lenin, y que cada uno llevaba ya a cuestas una larga historia de familiares masacrados en nombre de la conciencia de clase, sufrirían por el crímen de oír la música que a la puritanería roja les molestaba -no así la limosna yanke que la recibían si mayor remedio-, y sufrirían el aniquilamiento. Ninguno sobreviviría a semejante atentado al proletariado.
Cuando se pretenda romantizar, contando cuentos rosas en torno a la importancia del adoctrinamiento de los niños a través de sus libros escolares, y se refieran a lo mucho que importa saberse “explotador” o “explotado”, que se añada “asesino” o “asesinado”, y se narre bien la historia del exterminio de tantos inocentes, pues, si somos justos, no solamente los nobles son enemigos de clase para los comunistas, también lo son los campesinos, ante su religioso amor a “su” tierra. Recordemos las masacres de los batallones verdes, formados por humildes campesinos a los que si no mató el hambre, los mató una bala en nombre del proletariado.