En una conversación reciente dije algo que provocó sonrisas y asentimientos: quizá la culpa la tiene Walt Disney. Muchas niñas crecimos viendo historias donde el amor era perfecto, inevitable y absoluto. El príncipe llegaba, la historia se resolvía en un beso y la vida quedaba sellada en un “vivieron felices para siempre”.
Era una pedagogía sentimental que nos enseñaba a esperar un amor idealizado, casi mítico. Un amor que debía ser puro, protector y eterno.
Alguien más, en aquella conversación, agregó algo interesante: los hombres, en cambio, muchas veces son educados en una cultura visual completamente distinta. Mientras muchas niñas crecieron con cuentos de princesas, muchos niños crecieron expuestos —de forma directa o indirecta— a la pornografía como primer acercamiento a la sexualidad.
Dos narrativas culturales profundamente distintas sobre el deseo.
Entonces añadí algo que quizá incomodó un poco la mesa: usando la vieja terminología freudiana —hoy muy discutida, pero aún sugerente— muchos hombres terminan organizando su deseo en torno a lo que Sigmund Freud llamó la escisión entre la “Madonna” y la “prostituta”. Es decir, la mujer digna de amor y respeto por un lado, y la mujer objeto del deseo por el otro.
El problema es que esa división no solo empobrece la experiencia masculina. También mutila la posibilidad de plenitud para ambos.
Porque bajo esa lógica cultural pareciera imposible que una misma persona encarne simultáneamente ternura, deseo, intimidad y libertad.
Simone de Beauvoir lo observó con una claridad extraordinaria en El segundo sexo: a las mujeres se nos enseñó históricamente a ser el objeto del amor, pero no necesariamente sujetos plenos del deseo. La cultura patriarcal toleró que las mujeres fueran amadas, incluso veneradas, pero durante siglos miró con sospecha la idea de que también pudieran desear.
El resultado ha sido una extraña paradoja cultural: el amor fue elevado a un pedestal moral, mientras que el deseo fue relegado a los márgenes de lo prohibido o lo vergonzoso.
Michel Foucault recordaba que la sexualidad no es simplemente un impulso natural, sino también una construcción histórica atravesada por discursos, instituciones y normas sociales. Es decir, aprendemos a desear del mismo modo en que aprendemos a hablar: dentro de un sistema cultural que nos dice qué es legítimo, qué es permitido y qué debe ocultarse.
Quizá por eso, en muchas relaciones modernas todavía persiste una tensión silenciosa: cuando el amor se vuelve profundo, el deseo parece desvanecerse; cuando el deseo es intenso, el amor parece volverse sospechoso.
Como si ambos no pudieran habitar el mismo territorio.
Sin embargo, la filosofía —y también la experiencia humana— nos ha enseñado lo contrario.
El eros, desde Platón hasta nuestros días, no es simplemente deseo carnal ni tampoco pura devoción espiritual. Es una fuerza que atraviesa ambos mundos. Es la energía que hace posible que la intimidad y el deseo no se anulen, sino que se intensifiquen mutuamente.
La sensualidad, entendida filosóficamente, no es vulgaridad ni exceso. Es una forma de presencia. Es la capacidad de habitar el cuerpo propio y el del otro con conciencia, respeto y libertad.
Tal vez la verdadera madurez emocional consiste en desmontar esas viejas narrativas culturales que nos enseñaron a dividir lo que en realidad puede coexistir.
El amor no tiene por qué ser ingenuo ni desprovisto de deseo.
El deseo no tiene por qué ser superficial ni desprovisto de afecto.
Cuando ambos se encuentran —cuando el cariño, la complicidad, la admiración y el deseo comparten el mismo espacio— aparece algo mucho más profundo que la fantasía romántica de los cuentos infantiles o la fantasía mecánica de la pornografía.
Aparece la posibilidad de una intimidad completa. (Casiopea)
Tal vez ahí comienza lo que podríamos llamar, sin exagerar demasiado, una verdadera filosofía de la sensualidad: comprender que amar y desear no son fuerzas opuestas, sino dimensiones distintas de una misma experiencia humana.
Y quizá, cuando logramos reconciliar ambas, descubrimos que la plenitud —esa palabra tan grande— no estaba en los extremos, sino precisamente en el punto donde el amor y el deseo dejan de competir y empiezan, por fin, a reconocerse.