Las redes sociales modificaron profundamente la relación entre los servidores públicos y la sociedad. Antes, la comunicación institucional podía administrarse mediante boletines, entrevistas, conferencias y apariciones cuidadosamente programadas. Hoy, una cuenta digital produce una sensación de cercanía permanente: cualquiera puede comentar, etiquetar, escribir un mensaje privado o esperar una respuesta inmediata.
El problema consiste en confundir visibilidad con disponibilidad.
Un servidor público necesita presencia digital. Las redes permiten informar, explicar decisiones, conocer inquietudes sociales y establecer mecanismos de comunicación que antes difícilmente podían existir. Ausentarse completamente de ellas puede significar renunciar a un importante espacio contemporáneo de comunicación pública.
Pero el extremo contrario tampoco parece razonable: administrar personalmente cada comentario, responder cada mensaje y permanecer constantemente atento a las notificaciones puede convertir la función pública en una forma de disponibilidad ilimitada.
La alternativa consiste en gestionar el acceso digital.
Una cuenta pública puede permanecer abierta a la información, la crítica, el debate y determinadas formas de interacción sin convertirse por ello en una puerta permanentemente abierta hacia la vida personal del servidor público.
También resulta necesario distinguir entre voz y gestión. La operación cotidiana puede profesionalizarse: programación de contenidos, diseño gráfico, monitoreo, clasificación de mensajes, identificación de asuntos relevantes o moderación de conductas abusivas. Pero la voz difícilmente debería delegarse por completo.
Cuando una persona sigue la cuenta de un servidor público espera, razonablemente, encontrar información sobre su función y, en muchos casos, conocer sus explicaciones, argumentos y posicionamientos. Una cuenta completamente administrada por terceros puede convertirse simplemente en otra oficina de comunicación social.
Podría formularse una regla: la gestión puede delegarse; la voz no.
Tampoco toda interacción exige una respuesta. Estar presente no significa estar permanentemente disponible. Es posible leer, seleccionar asuntos relevantes, responder algunas preguntas, aclarar decisiones o participar en determinados intercambios sin asumir que cada mensaje genera necesariamente una obligación de interlocución personal.
Las redes han creado una expectativa peculiar: porque podemos acceder tecnológicamente a una persona, suponemos que tenemos derecho a acceder directamente a ella. En el ámbito público esa distinción es especialmente importante. El ciudadano debe poder acceder a la información, a las instituciones y a los mecanismos de rendición de cuentas; eso no equivale necesariamente a disponer ilimitadamente del acceso personal al servidor público.
Necesitamos, por ello, una nueva cultura de presencia institucional en las redes.
En el mundo digital, ejercer responsablemente una función pública también exige administrar fronteras.
La visibilidad no equivale a accesibilidad; la interacción no equivale a disponibilidad; y la condición de servidor público no implica acceso personal irrestricto.
Flor de Loto: Estar presente con propósito, responder con criterio y proteger las fronteras que hacen posible una voz pública auténtica.
Armando Hernández Cruz