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La protección de los soplones

La protección de los soplones

Columnas miércoles 10 de junio de 2020 - 01:10

El lunes se publicó en la Gaceta Oficial de la Ciudad de México la nueva “Ley del secreto profesional y cláusula de conciencia para el ejercicio periodístico de la Ciudad de México” que busca fortalecer, entre otras cosas, la protección de la identidad de los informantes anónimos que emplean los comunicadores profesionales.
Dicha medida abarca las vías indirectas por las que puede identificarse a quienes revelan información a los periodistas, pues con la nueva legislación no nada más se protegen las libretas de apuntes, grabaciones, computadoras y cualquier material usado por los comunicadores.
Destaca una medida indirecta de protección a las fuentes anónimas: la protección de los datos personales de los periodistas. La fracción IV del artículo 5 señala que el secreto profesional del periodista comprende “que las personas periodistas y colaboradoras periodísticas no sean sujetas a inspección de sus datos personales relacionados con su quehacer periodístico, por autoridades administrativas o jurisdiccionales, con el propósito de obtener la identificación de la o las fuentes de información”.
Esta disposición podría constituirse en una medida de contención, aunque muy limitada, a una de las disposiciones de la legislación mexicana más invasiva a la privacidad: los artículos 189 y 190 de la Ley Federal de Telecomunicaciones que, entre muchas otras cosas, obliga a los concesionarios a entregar todos los datos relacionados con los equipos y servicios de sus clientes a las autoridades de seguridad, procuración y administración de justicia.
Esos datos y metadatos incluyen, además de la identificación de los usuarios, la geolocalización, números de origen y destino de llamadas y mensajes, su duración, tipo de equipos... absolutamente todo. Tienen que conservar esa información, además, dos años por si les fuera requerida.
Identificar a una persona es mucho más fácil cada vez gracias a las nuevas tecnologías. El celular, por ejemplo, contiene más información de tipo personal, privado e íntimo que el propio dueño puede siquiera imaginar.
Somos conscientes de ello cuando lo extravíamos o nos lo roban y es entonces cuando se siente el verdadero miedo al repasar la cantidad de información que almacenamos: números y datos de familiares, amigos, compañeros de trabajo y socios.
El temor crece por las fotografías y videos personales, incluso íntimos, que no borramos, y nos agarra el pánico al percatarnos de las aplicaciones y tarjetas bancarias que nunca protegimos con contraseñas más seguras.
Pero la información que no suele preocuparnos sí llega a interesar a los gobernantes, sobre todo si se trata de periodistas: la geolocalización, horarios y destinatarios de llamadas, fecha de mensajes de texto, con quiénes se chatea o se comparten correos electrónicos, entre mucha otra.
Con esos datos se puede determinar la identidad de los informantes con los que los periodistas se vieron en una cafetería, por ejemplo, en un determinado día, con solo asociar la información generada y compartida por sus respectivos celulares.
El uso de informantes anóminos es de un valor indiscutible en el periodismo profesional, pues muchos asuntos de interés público no podrían ver la luz si no se dan garantías suficientes al comunicador, al medio que representa y al propio informante.
Al cuidar los datos personales del periodista se cuida también a sus informantes. Y un número de celular, la IP de internet o la cuenta de correo electrónico y los metadatos que generan, entre otros, son datos personales.


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/CR

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