Pedro Arturo Aguirre
Manny Pacquiao lleva años dedicado a la política e incluso tiene ambiciones presidenciales. Ser tan distinguido deportista le ha granjeado una enorme popularidad en su país, al cual no le sobran estrellas ni deportivas, ni de ninguna otra índole. Además es admirado por filantropía. Ha donado millones de dólares para subvencionar proyectos de desarrollo, becas y la construcción de viviendas. Es senador desde 2016 representando al partido de Rodrigo Duterte, a quien ahora quiere relevar como presidente. Sus detractores le recriminan su escasa experiencia política, pero ello lejos de ser un obstáculo es una ventaja en un país donde los políticos tradicionales son profundamente impopulares. Pacquiao fue aliado de Duterte hasta principios de este año. Comparten ambos el estilo populista. El presidente lo hizo senador y, más tarde, presidente del partido, pero los problemas llegaron cuando el púgil empezó a querer ser el nuevo jefe de Estado.
Duterte no puede reelegirse, pero quiere permanecer en el poder y para ello pretende gobernar en la sombra desde la vicepresidencia. Para ello necesita un mandatario de su confianza. Por algún tiempo pensó en postular a su hija, pero presentarse con ella sería demasiado controvertido. Ahora su candidato es el senador Bong Go, uno de sus socios más fieles. Jamás consideró a Pacquiao porque es demasiado popular e independiente. Por eso la amistad entre el boxeador y el “hombre fuerte” se deterioró. El primero ha criticado la política demasiado condescendiente de Duterte hacia China e incluso acusa a gobierno de corrupción. Duterte recrimina a Pacquiao su poca asistencia a las sesiones parlamentarias y se burla del boxeador, a quien atribuye haberse vuelto estúpido con tantos golpes de sus adversarios. En julio Pacquiao fue destituido como presidente del partido oficial.
Pacquiao decidió regresar al ring como una forma de promocionar su candidatura. Nadie sabe si su derrota ante Yordenis Ugás perjudicó su popularidad. Pero no por ello deja de ser un antagonista temible. En Filipinas las elecciones se ganan por carisma personal, no por pertenecer a un determinado partido. Y aunque Duterte es inmensamente popular, su desempeño en rubros concretos de gobierno no es tan bien visto. Se critica su postura pasiva ante China y las violaciones de los derechos humanos en su violenta campaña antidrogas. La economía no marcha bien y los resultados en los combates a la corrupción y la pobreza son muy magros. Un ambicioso plan de construcción de infraestructuras se encuentra estancado. Pero, sobre todo, Pacquiao no es un político tradicional ni un miembro de las odiadas élites, sino un hombre del pueblo hecho a sí mismo y, ya se sabe: en los agitados tiempos actuales, postularse como populista es la mejor estrategia (quizá la única) para vencer a otro populista.