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La tregua de amar otra vez

La tregua de amar otra vez

Columnas lunes 23 de febrero de 2026 -

Hay libros que uno no lee: los habita. La tregua de Mario Benedetti es uno de ellos. No es una historia estruendosa ni un romance idealizado. Es un diario, una confesión, una intimidad escrita con pudor y lucidez. Y quizá por eso conmueve tanto: porque no exagera, no promete, no maquilla.

Martín Santomé no es un héroe romántico. Es un hombre cansado, viudo, atrapado en la rutina burocrática y en la resignación silenciosa de quien cree que la vida ya dio lo que tenía que dar. Cuenta los días para jubilarse como quien espera el final de una condena. Vive sin esperanza, pero también sin rebeldía. Hasta que aparece Laura Avellaneda.

La diferencia de edad entre ellos podría parecer un obstáculo, pero en la novela es apenas una circunstancia. Lo que realmente importa es el encuentro. Ese reconocimiento silencioso entre dos personas que, desde lugares distintos, descubren que todavía pueden sentir. El amor que surge no es impetuoso ni adolescente. Es un amor que se construye con conversación, con miradas, con una ternura que no necesita demostraciones públicas. Es un amor consciente.

Y ahí radica la grandeza de esta obra: Benedetti nos habla del amor en una segunda etapa. Del amor que llega cuando uno ya ha vivido pérdidas, cuando el entusiasmo no es ingenuo sino deliberado. Amar en la madurez implica saber que el tiempo es limitado. Implica elegir sin fantasías eternas. Implica entregarse con la lucidez de quien sabe que puede perder.

La vida, a veces, concede una tregua. Un respiro inesperado. Un intervalo de felicidad que no estaba en los planes. Santomé, que ya había aceptado la rutina como destino, descubre que todavía puede ilusionarse. Que todavía puede amar desde el cuerpo y desde la emoción. Porque el amor entre ellos no es solo espiritual ni solo carnal. Es ambas cosas. Hay deseo, sí. Hay piel. Pero también hay conversación, complicidad, admiración. El amor adulto no fragmenta: integra.

Lo que más conmueve es que esta felicidad no niega la fragilidad. Al contrario, la reconoce. La tregua no es eterna. No promete inmunidad contra el dolor. Y sin embargo, es verdadera. Tal vez eso sea lo más valiente del libro: aceptar que un amor breve puede ser inmenso. Que la duración no determina la intensidad ni el sentido.

El poema de Avellaneda, insertado en la novela como una revelación íntima, es uno de los momentos más desgarradores. Ella le habla a Santomé desde una vulnerabilidad absoluta. Le dice que él no sabe cuánto ha luchado por seguir viviendo. Que no sabe cómo ha querido vivir para vivirlo. Que no sabe que no es viejo. Que no sabe cuánto valor tiene su sencillo coraje de quererla.

Ese “usted Martín Santomé no sabe” que se repite es casi un latido. Una confesión que no busca dramatismo, sino verdad. Avellaneda ama con conciencia. Ama sabiendo el miedo del otro. Ama sin idealizarlo. Ama desde la certeza de que el tiempo es frágil.

Y al final, en esa afirmación sencilla y definitiva, queda condensado todo el sentido de la tregua: amar no es prometer eternidad, es elegir presencia.

Benedetti nos deja una lección silenciosa: mientras haya capacidad de amar, hay posibilidad de sentido. No importa la edad, ni las cicatrices acumuladas, ni el cansancio previo. El corazón no tiene fecha de caducidad.

Y tal vez por eso, cuando la vida nos concede una tregua, lo único verdaderamente importante es reconocerla. Sostenerla. Vivirla.
Porque incluso si es breve, incluso si termina, incluso si duele, haber amado conscientemente es una victoria íntima contra la resignación.
Y en esa certeza, como Avellaneda, solo queda decirlo con honestidad absoluta:
usted es mi hombre.

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/CR

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