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Las nuevas jacarandas

Las nuevas jacarandas

Columnas viernes 17 de abril de 2020 - 00:22

La cuarentena en la Ciudad de México se cruzó con la época en la que, año con año, florecen las jacarandas. El espectacular florecer, que ya empieza a deshacerse en el asfalto, también ha perdido audiencia, por lo que sólo queda esperar que los presuntuosos árboles no se sientan despreciados y el próximo año florezcan de nuevo.
Sin embargo, esta primavera nos presenta otro florecimiento: brotan los tapabocas. Primero discretos, entre aquellos que deben andar en la calle porque la cuarentena no se lleva con su situación económica; repartidores de bienes y servicios; cajeros de supermercados y bancos; expendedores de expendios diversos, ahora la timidez empieza a disiparse y los tapabocas pueden incluso, como ha sucedido en mi caso, aparecer marchitos, tirados en el piso por personas sin pudores sanitarios más allá de sus narices, justo en la entrada de la casa.
Este nuevo florecimiento es quizás un adelanto del paisaje que, aunque los voceros del gobierno no quieran admitir del todo, nos espera a los capitalinos y a otras personas en muchos lugares del país en los tiempos que vienen, especialmente durante los meses altos del verano y en la llegada de los aires lascivos del otoño, que desnudan a los árboles.
Entreveo el advenimiento de esa nueva flora: los cubrebocas de todo tipo, color y tamaño. Caros y baratos, lo mismo los importados y elaborados con precisión geométrica en laboratorios californianos, que los caseros elaborados a partir de los restos de humildes paliacates y de las camisetas adelgazadas hasta la última capa por el uso. La primavera y el verano nos traerán un nuevo paisaje, construido con los cubrebocas asidos a las caras de todos.
Sin embargo, no creo que estos nuevos juegos florales sean motivo de alegría, pues, antes que nada, nos harán perder el rostro al salir a la calle. Imagino, por ejemplo, la escena en las escuelas: ¿tendrán los estudiantes que aprender de nuevo a conocerse con la cara cubierta? ¿Podrán hacerlo? ¿Y los guiños y los gestos cómplices? ¿Y los besos?
¿Qué pasará en los centros de trabajo, especialmente en aquellos en los que se acostumbra uniformarse llevando trajes, camisas con iniciales y corbatas? Quizás descubriremos que el Covid-19, además de dañarnos los pulmones, también nos hará perder, al menos por un tiempo, nuestra identidad pública básica.
Y el cubrebocas, que será indispensable, avisará de que otras medidas que, una vez levantada la cuarentena, nos obligarán a seguir cargando el encierro: la sana distancia marcará nuestro futuro inmediato. En los salones de clase, ¿serán dos metros los que separen los pupitres de los alumnos? ¿Cada estudiante deberá llevar su propio gis?
Sea como sea, las nuevas jacarandas deberían empezar a ocupar el tiempo de trabajo en los gobiernos, en especial de aquellas personas responsables no de contarnos día a día como van las cuentas de enfermos y fallecidos, sino de decirnos cómo y por cuánto tiempo vamos a organizarnos para volver a encontrarnos, sin cara y a dos metros de distancia, en el espacio público.

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/CR

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