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Lealtades presidenciales

Lealtades presidenciales

Columnas viernes 25 de septiembre de 2020 - 00:38

Por Luis Monteagudo
Uno de los peligros más comunes de los sistemas democráticos, es fundamentar el ejercicio de la autoridad legalmente constituida, en un ente cuyo nombre es “el pueblo”. El pueblo es una abstracción que subsiste en los principios de la teoría política. Es un ente teórico, no una realidad física y homogénea, ni mucho menos el ansiado pretexto para conferir a las autoridades “el permiso” para su actuar, o para violentar a las instituciones por algún sujeto que utiliza retóricamente la denominación, despertando las simpatías de ingenuos que crean que ese proceder es “en su nombre”.
La población que integra el conjunto de la sociedad, está conformada por una diversidad de individuos con criterio propio, con una identidad compleja que para nada queda atrapada en una denominación generalizante. La pluralidad de etnia, condición social, identidad sexual, de género, etc… es tal, que difícilmente el conjunto podría simpatizar con la causa de un lucrador carismático de la política. La idealización del término inicia en la antigua Roma republicana, y es un criterio estamental que dividía al sector patricio del grueso de la población plebeya o populus, siendo elementos constitutivos de la república que se sabían antagónicos, quedándose en el vocabulario occidental desde entonces, con variables que no perdieron su sentido clasista hasta el advenimiento de las teorías contractuales, en donde “pueblo” cobró su denominación abstracta, como el conjunto de entidades pactantes en la fundación del gobierno civil. En las sociedades democráticas contemporáneas esa rivalidad de origen se perdió, debido al reconocimiento de la individualidad social, siendo el “pueblo” o un anacronismo, o una idealización envuelta en la simplificación de la teoría de Rousseau, dada la complejidad de su idea de “voluntad general”, claramente distinguida de la “voluntad de todos”.
La “voluntad general” puede ser una noción que unifique los criterios en medio de la pluralidad. Esa noción se puede comprender en algo que marque la preocupación del conjunto y que requiera la aprobación ideal de la comunidad, envuelta en un haro sentimental, como las leyes. La “voluntad de todos”, es la muchedumbre informe aglomerada por insensateces, ejemplificada en la violencia pública motivada por la movilización del demagogo, a través de manipulaciones retóricas capitalizables en su figura. Lo que siempre ha tenido de atractivo la idea de pueblo, es que parece que antepone el beneficio de todos, aunque realmente nadie sepa quiénes son esos “todos”.
El presidente usa el término pueblo, como principio legitimador de sus acciones que pueden incluir la violación a la ley –como el “juicio a expresidentes”-, o la exigencia de lealtad total, a la manera de los fascistas de Benito Mussolini, cuya lealtad al líder les hizo cometer esas abyecciones que la historia ha condenado, en nombre del “pueblo”. Una abstracción descontextualizada sirve para pretextar “casi” todo.

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