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Los ahuehuetes: memoria viva de la Ciudad de México

Los ahuehuetes: memoria viva de la Ciudad de México

Columnas lunes 09 de marzo de 2026 -

@onelortiz

https://youtu.be/ycjyIlB5HUY?si=8utaqKnbz5JyRCRQ

La Ciudad de México mantiene una relación profunda, casi espiritual, con los ahuehuetes. No se trata únicamente de árboles ornamentales ni de simples piezas del paisaje urbano. Son símbolos vivos de la historia de la ciudad, testigos silenciosos de sus batallas, de sus transformaciones políticas y de su crecimiento a lo largo de los siglos.

El primero de estos árboles emblemáticos es el conocido como el árbol de la Noche Triste, o como algunos prefieren llamarlo hoy, el de la Noche Victoriosa. Sus restos aún se conservan en la calzada México-Tacuba, muy cerca de la estación del Metro Popotla. Según la tradición histórica, bajo su sombra lloró Hernán Cortés tras la derrota sufrida por las fuerzas españolas frente a los mexicas en 1520. Para la narrativa colonial fue la noche de la derrota del conquistador; para la memoria indígena fue la primera victoria frente al invasor.

Otro árbol notable se encuentra en el antiguo Bosque de Chapultepec, cerca de la Tribuna Monumental. Es conocido como El Sargento, aunque también se le ha llamado el ahuehuete de Moctezuma. Se cree que fue plantado en tiempos prehispánicos, posiblemente por Nezahualcóyotl por orden del emperador Moctezuma, dentro de los jardines que los gobernantes mexicas cultivaban en Chapultepec. Vivió aproximadamente quinientos años antes de secarse en 1969.

Un tercer ejemplo se ubica en el Parque España, en la colonia Condesa. Este ahuehuete fue plantado durante el periodo de la regencia de la ciudad como parte de las celebraciones del centenario de la Independencia de México y con motivo de la inauguración del propio parque.
Existe también otro ahuehuete poco recordado en el Parque Luis Pasteur, en el cruce de Insurgentes y Reforma. Fue sembrado por Porfirio Díaz en honor a Benito Juárez, en un gesto simbólico que buscaba reconciliar dos momentos centrales del siglo XIX mexicano. El árbol se mantiene en buenas condiciones, aunque la placa que lo conmemora se encuentra vandalizada y prácticamente olvidada, un signo de cómo a veces la ciudad descuida su propia memoria.

Más recientemente, el Paseo de la Reforma incorporó un nuevo ahuehuete en el lugar donde durante décadas se levantó la famosa palma que caracterizaba esa glorieta. El primer árbol plantado no logró sobrevivir, pero el gobierno de la ciudad insistió y sembró un segundo ejemplar que, al menos hasta ahora, parece haberse adaptado al entorno urbano.
Quizá por eso estos árboles poseen una dimensión simbólica tan poderosa. Pasará este gobierno y muchos otros más; cambiarán las avenidas, los edificios y los habitantes de la ciudad. Sin embargo, los ahuehuetes seguirán ahí, como testigos mudos del paso del tiempo, de los hombres y de los siglos que siguen escribiendo la historia de la Ciudad de México.
Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.


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