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Los incómodos impuestos

Los incómodos impuestos

Columnas jueves 27 de julio de 2023 -

El SAT reportó que recaudó cerca de 9 mil millones de pesos de las plataformas digitales más conocidas (Netflix, Amazon, Uber, AirBnB) sólo en el primer semestre de este año. Durante muchos años, e inicialmente a nivel global, esas empresas amasaron una fortuna que superó la de otras compañías y marcas que han sido dominantes en sus respectivos ramos durante décadas o siglos (General Electric, Ford, Coca Cola, usted escoja). Hay un núcleo de verdad en la historia de disrupción tecnológica y destrucción creativa, de la que esas empresas disfrazadas de páginas de internet son testimonio y cuento de hadas; efectivamente, los fundadores y dueños estaban en el lugar correcto y momento correcto, con la prospectiva correcta del futuro. Pero la romantización de esos mitos del gran visionario que cambia el mundo desde el cuarto de un dormitorio universitario, entre latas de cerveza vacías y sudaderas cochinas, amasando billones de dólares en el proceso, esconde una dimensión igual o más importante: las prácticas corporativas predatorias y la elusión fiscal y normativa de la que se aprovecharon, puesto que ninguna legislación nacional está preparada para regular tecnologías o modelos de negocio que no existen (parte del problema de adoptar un abordaje sistemático y no tópico a la realidad jurídica, pero ese es otro tema, chequen el derecho bajomedieval o el romano clásico, si les interesa).
Hace un par de años, los intelectuales bien portados y los billonarios con sentimiento de culpa se reunieron, como cada año, en Davos, para celebrar el foro económico mundial. Durante décadas ese evento ha sido una especie de emblema del consenso ideológico mundial en lo que respecta a la doctrina neoliberal, que como tantas escuelas económicas, adopta peticiones de principio como hechos naturales y luego deriva de ellas directrices que, insertas en los programas políticos, se vuelven verdades incontrovertibles, cuya única ética es la del hecho consumado: el que se volvió rico es porque lo merecía, y el que se quedó pobre, también. Ojalá fuera broma, pero esa es, aunque sobre simplificada, la esencia de la doctrina dominante que alentó y permitió el aumento más escandaloso de desigualdad social que ha existido en la historia moderna. Huelga decir que, más que un verdadero espacio de discusión y construcción de ideas, el evento de Davos suele ser un concierto de auto-complacencia.
Por eso fue extraño que se les colara un sujeto tan insolente como para decir, a quemarropa, que si querían ponerse serios, más les convenía a todos dejar de hablar de filantropía, y comenzar a hablar de impuestos. Y es que la desigualdad sistémica y transgeneracional es, ante todo, un tema de carácter fiscal. La retórica asistencial (de que el rico debe ayudar al pobre porque a él le sobra y al otro le falta) puede ser rastreada lo mismo a textos religiosos que la filosofía griega, y de ahí todas las derivaciones de unos y otros. Lo que tienen en común, empero, todos esos hilos, es que, por un lado, asumen que la desigualdad socio económica no es sino un corolario de la desigualdad natural, y que la solución es individual y moral. Lo que se debe hacer es inculcar virtudes en los ricos, a los que la naturaleza les ha dado más, para que en el ejercicio de esas virtudes ayuden a los que menos tienen sin esperar nada a cambio y, de paso, se ganen el cielo.
Pero el argumento libertario de la desigualdad natural no aguanta más que una generación, porque asumiendo que la fortuna de todos sea bien habida, desde que en la segunda hay herederos y desposeídos, se cancela la igualdad de oportunidades. Los más audaces han propuesto impuesto a las herencias (lo ha habido, en otras épocas) como una forma fundamental de redistribuir el ingreso y mitigar la brecha que, de otro modo, cada generación se incrementa. Esa idea contraviene nuestro sentido común (uno que se ha hecho a fuerza de asumir doctrinas como revelaciones, por cierto), pero hablar de impuestos en general es importante, y siempre será incómodo para cualquier político. Que los ricos paguen impuestos es esencial, por supuesto, y a muchos sorprendería saber que muchas de las empresas más grandes de México, durante muchos años, pagaban menos impuestos que el dueño de un pequeño negocio o que un modesto burócrata, pero así era. Sin embargo, ahora nos queda la mitad de la población económicamente activa en la informalidad, mientras el Estado sigue privilegiando el ISR sobre el IVA, traduciéndose esto en una carga desproporcionada sobre los formales. En fin, a nadie le gusta hablar de impuestos y menos pagarlos, pero de eso se trata.


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