Hace tiempo circula en redes sociales una broma sobre “Masiosare”, aquel “extraño enemigo” que menciona el Himno Nacional y que buscaría profanar nuestro suelo. Hace unos días, en una “mañanera del pueblo” y en medio de rumores sobre una posible invasión norteamericana, la presidenta Sheinbaum aludió a esta estrofa para responder qué pasaría en el remoto caso de un ataque al país.
Más allá de esta respuesta patriotera, destacable únicamente para los medios de comunicación, vale la pena analizar lo que la generó la pregunta.
Existe una gran cantidad de personas que, sobre todo en redes sociales, expresan su fervoroso deseo de que Estados Unidos invada México para “poner orden”. Esta postura, además de simplista, revela una total ingenuidad -por no decir ignorancia- sobre la realidad geopolítica y la historia compartida entre ambos países.
¿Podemos esperar un ataque militar? la respuesta es simple y, para tristeza de muchos, es un rotundo no y las razones son contundentes.
México y Estados Unidos mantienen una relación histórica que, a lo largo de los años, ha generado una profunda interdependencia en términos comerciales, culturales, sociales y geoestratégicos. No por nada nuestro país representa el principal proveedor y destino de exportaciones y una pieza clave en la estabilidad regional.
Nuestra frontera es más un punto de intercambio que de confrontación, pese a los diversos desafíos que enfrentamos en seguridad y migración. Además, mantenemos diversos mecanismos formales de diálogo y negociación, resultado de años de cooperación, que han derivado en una relación altamente institucionalizada, la cual incide directamente en ambas sociedades.
Lo anterior demuestra que nuestra relación con Estados Unidos no es la misma que la que tenía Venezuela, ni las condiciones de nuestro país son las mismas que este último. Pero, si todo esto no fuera suficiente, basta un último argumento. Citando la famosa frase del expresidente Bill Clinton: “es la economía estúpido”. Para el vecino del norte, los intereses económicos en México son de tal magnitud que hacen prácticamente impensable una invasión militar.
En este escenario también debemos considerar la posición de los Estados Unidos. Ese país enfrenta hoy muchas tensiones internas, polarización y un fuerte autoritarismo político, en este sentido, idealizarlo como “salvador” es ignorar los costos humanos y sociales que su política ha generado dentro y fuera de tu territorio.
Para ellos sería un error estratégico atacar militarmente a México. Sin embargo, esto no significa que estamos libres de toda presión, no seamos ilusos, ya que existen diversos mecanismos de coerción que son más funcionales para ellos que las balas.
Al presidente Donald Trump le gusta demostrar fortaleza, imponer sus ideas y que las cosas se hagan siempre a su modo. Esa ha sido la marca predominante en la relación con nuestro país y la presidenta Sheinbaum ha sabido responder esta actitud con política y diplomacia, lo que ha permitido avanzar en varios temas de manera conjunta. Ante este escenario de presiones económicas y diplomáticas, nuestro país debe seguir respondiendo con inteligencia, no con un nacionalismo sin sentido.
Es cierto que muchas voces desean, por razones más impulsivas que objetivas, una intervención norteamericana, pero pensar que un “mesías” de fuera resolverá nuestros males es tan absurdo como temer al tal “Masiosare”.
Si bien dan mucho que pensar los anhelos de quienes desean acabar con la soberanía nacional, tampoco ellos son la amenaza principal. El verdadero enemigo no viene de fuera; se encuentra en nuestras propias debilidades políticas y sociales. En estos tiempos de tanta incertidumbre que vivimos, veremos si los gobernantes le abren la puerta a esas debilidades o son capaces de hacerles frente con política, no con frases.