El filósofo Edgar Morin se propone en la obra Breve historia de la barbarie en Occidente, pensar la barbarie para “contribuir a recrear el humanismo” y también para resistirse a ella. Al comienzo de su libro plantea “esbozar una antropología de la barbarie humana que pudiera residir en el proceso de socialización de nuestra especie y en la construcción de un mundo imaginario donde privan los dioses sanguinarios, creados a semejanza del hombre, dioses que reclaman el cuerpo y la sangre de los otros, con un ímpetu caníbal.
Morin recuerda la formación de los imperios antiguos, cuya hegemonía se construyó sobre las ruinas de los pueblos masacrados, como sucediera en el Oriente medio, en China, Mesoamérica y en los Andes. En estos pueblos, comenta “se presenció la aparición de dioses feroces y guerreros, de dioses que demandaban el exterminio del enemigo”. La historia se repite en las conquistas de Alejandro y después en Roma, imperio que sucumbe por el asedio de los “bárbaros”, para dar comienzo a una nueva intolerancia, pues al morir el cristianismo primitivo la Iglesia Católica adquiere un poder omnipotente.
Al final de la Edad Media, se inicia la integración de los estados nacionales europeos en nombre de la fe católica y la pureza de sangre. España es el teatro de esta aventura que culmina en 1492 con la caída de Granada y la expulsión de los moros de la península. Morin considera que la barbarie europea se traslada a América en nombre de la civilización. La conquista de los imperios inca y azteca estuvo precedida por diversas masacres y epidemias que diezmaron a buena parte de la población, razón por la cual desde 1502 se inaugura otra fase de la barbarie, con la trata de esclavos africanos para trabajar en las “indias americanas”.
Pero después de la crueldad pareciera renacer la civilización; ocurrió en Roma tras la caída de Grecia y durante el Renacimiento europeo; también España vivió su siglo de oro, después de la retirada de los árabes y judíos, y lo mismo podríamos decir del desarrollo colonial en América; en consecuencia, piensa el filósofo francés apoyado en Walter Benjamin que “Las conquistas bárbaras pueden conducir al florecimiento de una civilización”.
Sin embargo, el espíritu humanista nos impide aceptar este determinismo histórico, pues si en la naturaleza la destrucción del fuego genera nuevos brotes, entre los hombres reducir el cuerpo a las cenizas no es garantía de que renazca el ave fénix. La tragedia del Holocausto y la bomba atómica de Hiroshima nos muestran que después de la catástrofe no sobreviene una era de prosperidad material o espiritual, pues queda latente la memoria del horror.
Concluye Morin: “Habría que subrayar la ambivalencia, la complejidad de lo que es barbarie, de lo que es civilización, por cierto no para justificar los actos de barbarie, sino para comprenderlos mejor y así evitar que nos posean ciegamente.”