Un año se cumplió el 20 de junio del asesinato de los sacerdotes jesuitas, Joaquín Mora y Javier Campos, junto con el guía de turistas, Pedro Palma y un joven jugador de béisbol, Paul Osvaldo a manos de un narcotraficante, José Noriel Portillo, conocido como “el Chueco”, brazo armado del Cartel de Sinaloa y jefe de plaza de un grupo delincuencial que se hace llamar “Gente Nueva”, que llevaba años actuando impunemente en Sinaloa y Chihuahua, sembrando el terror en las comunidades que hay a lo largo de la Sierra Tarahumara como Cerocahui, donde los jesuitas llevaban años haciendo labor pastoral para los habitantes. El sentimiento llegó hasta el Vaticano, donde el Papa Francisco manifestó su pesar por la muerte de quienes llamó sus hermanos jesuitas.
Para conmemorar esa fecha que caló hondo en el sentir nacional porque la exigencia de justicia se ha quedado en el aire, se realizó una jornada en la que se oró por la paz y en uno de los actos más significativos, en diversos estados de la República, la Conferencia del Episcopado Mexicano, (CEM), convocó a que las campanas repicaran en punto de las tres de la tarde en recuerdo de los jesuitas ultimados arteramente y antes, cuando tuvo lugar el sangriento hecho, levantó su voz por “la pasividad del Gobierno ante un crimen que se pudo haber evitado”.
Pero no en todos los lugares doblaron las campanas. En la Ciudad de México no se hizo mucho; ojalá el sonido del badajo se hubiera extendido sin excepción.
No obstante, este asesinato es también un recuerdo a nivel nacional que en sí mismo lleva la demanda de justicia; una herida mediante la cual, en su momento, la CEM ha cuestionado los altos índices de seguridad que privan en el país, algo que no se puede mitigar con solo abrazos.
Con el repicar de las campanas por el eterno descanso de los padres Morita y Javier Campos, la Iglesia no está dispuesta a “comprar”, a aceptar la versión de que como meses después fue hallado sin vida y hasta con el tiro de gracia a “el Chueco”, en automático, el caso que todavía causa indignación a lo largo y ancho del país, se cierre porque se trata de un expediente que no solo conmocionó a la comunidad religiosa. El arraigo que tenían Mora y Campos ha derivado en que la población también exija justicia.
El pasado mes de marzo, en Choix, Sinaloa, fue hallado Noriel Portillo y hasta en medios internacionales surgió la duda de si en realidad se trataba de este asesino porque podría señalarse que en el más absoluto misterio fue muerto “el Chueco” ya que nadie escuchó disparos en la Tarahumara, el “agua” en la que el narcotraficante se movía impunemente, como pez, o bien, si fue “sembrado” el cadáver como para que de facto se aceptara esto como un castigo de Dios.
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