La grasa se encuentra regada por toda la calle. Ese hermoso palacete diseñado por el despacho del arquitecto Cuevas, con tantas galanuras art decó ¿en qué momento se deformó en esa monstruosidad grasienta? Años de acumulación de grasa proveniente de la taquería que oferta sus delicias enfrente de la que fuera residencia de una rama genealógica de la familia Escandón, con su belleza provenzal que en mucho nos recuerda su castillo en Loire, Francia. La vulcanizadora de la esquina, el changarro del primer piso, la comunidad que “ocupó” los interiores con un segundo piso que en parte ya se vino abajo por la humedad, ante el inexistente mantenimiento de una residencia robada a sus dueños originales.
En San Petersburgo, he visto escenas similares: los palacios Sheremetiev; Orlov o Sumarakov, que durante la revolución fueron expoliados a sus dueños muchas veces asesinados con las familias y el personal de servicio completos. Es el mismo parangón vengativo de un nuevo sistema que destroza al anterior con todos sus miembros, creyendo que con crueldad remedia en “algo” las peripecias reales o ficticias que les atribuyen, en buena medida para legitimar una autoridad que llegó mediante la fuerza, y con ella misma se impone frente a todo el que ose poner en tela de juicio sus dizque virtudes, aunque lo que muestren sea el robo, el asesinato y la inmisericordia en nombre de la supuesta justicia con que pregonan su intentona legitimante.
Robar casas en la Ciudad de México, el haber expoliado las casa señoriales que no sólo marcan la gloria de una familia, sino el esplendor de toda una cultura como Máximo Gorki llamando a las hordas rojas a respetar “la historia de su pueblo”, en nada se parece al justificar el despojo con el que las facciones triunfadoras del proceso revolucionario, premiaron a sus hordas, arrojándolos a propiedades de mucha gente honesta que nada tuvo qué ver con el golpe de estado huertista, cuando se atrevieron a quitar la vida a ese espléndido caballero que fue el presidente Madero, y que los constitucionalistas vengaron, castigando a la capital por una supuesta anuencia de salvarle la vida al Presidente, en medio de los bombardeos durante la “Decena Trágica” en 1913, cuando los diversos bandos se confrontaron en la hermosa capital, y no todos colaboraron en justificar el arribo del traidor a Palacio.
El patrimonio quedó comprometido. La imperial urbe fue invadida y los barrios arrebatados a sus dueños: “La Tabacalera”; “La Morelos”; “La Juárez”; “La Santa María”, “La San Rafael” (…), de repente se degradaron. Sólo veamos el estado miserable de la elegante Tabacalera, donde se construía el Capitolio (Palacio Legislativo) cuya estructura de acero fue robada cuando ya estaba instalada (…). El barrio se convirtió en el paraíso de hoteles de paso, prostíbulos, vecindades de mala muerte y la sede del PRI, donde otrora estuvieron construcciones dignas del orgullo de nuestra gran historia.
No es vano concientizar sobre nuestro patrimonio; defender los testimonios del país con el patrimonio cultural más rico de América que bien usado, ofrece empleos a las familias, brinda impuestos a la hacienda y confiere dignidad a un pueblo respetuoso de sus leyes, que asume la defensa de sus calles, como de todas las instituciones que hacen de su ciudad un orgullo inflamado y presumible. No dejemos que se “vulcanice” nuestra historia; que sea el cochambre el adorno de nuestros paseos y que junto con la otra modalidad de robo con que los peores usufructúan con las riquezas capitalinas: los ambulantes, crean que representan la identidad de una tierra que por fortuna es muchas veces más que su fea, sucia e ilegal presencia.