Un amigo me mostró el día de ayer algunos textos de redes sociales en los que unos mermados, mexicanos, deseaban que México fuera eliminado del mundial para que la gente pudiera “despertar” del engaño – su dicho – y volver a “las cosas que importan”. Que es quejarse del gobierno, y así.
Hay un tipo de persona que, so pretexto de ver más allá de lo evidente, detesta que otros sean felices. No entiende de una alegría que no haya sido cultivada en años de lecturas nocturnas y lucimientos fugaces en mesas cochambrosas, esa bien directa de quien grita un gol estando en su casa, el carro, la fonda o la oficina. Ese cretino mal leído, que suele presentarse como superior, reserva su mayor desdén estos días para quienes disfrutan del fútbol, pero cuando no hay mundial, dice cosas semejantes de la música popular, de las series comerciales o de cualquier placer que no requiera un esfuerzo intelectual previo y mamador. Esa actitud, lejos de ser una virtud, es una forma sofisticada de miseria. Y los pobres diablos ni siquiera lo saben.
Voltaire, espíritu lúcido que desenmascaraba hipocresías por deporte, lo vio con claridad: el enemigo más peligroso del bienestar no es la ignorancia, sino la pedantería disfrazada de superioridad moral. En su obra, el francés ridiculizó incansablemente a quienes convierten su propio gusto en una medida universal del valor humano. El amargado cultural no odia el fútbol porque le parezca aburrido; lo odia porque le resulta insoportable que alguien más encuentre ahí una alegría que él, con todo su refinamiento, no logra sentir. La envidia, en estos casos, se viste de desprecio.
Henri Bergson, por su parte, ofrece una clave aún más profunda. En su análisis de la risa y la vitalidad, Bergson argumentó que la rigidez es el síntoma fundamental de lo que se opone a la vida. El hombre verdaderamente vivo es aquel que fluye, que se adapta, que puede reír y dejarse llevar. El amargado, en cambio, es rígido: ha construido una identidad tan frágil alrededor de sus gustos elevados que cualquier amenaza a esa jerarquía le resulta intolerable. Ver a alguien vibrar de genuina emoción ante un partido de fútbol es, para él, una afrenta existencial. Porque esa alegría es espontánea, gratuita, incontrovertible, y él la ha olvidado o a lo mejor nunca la tuvo (no todos, pero algunos eruditos de hoy son los bulleados de anteayer).
Lo cierto es que el deporte profesional, como cualquier pasión compartida, cumple una función profundamente humana. Crea comunidad, genera rituales, produce emociones colectivas que nos recuerdan que no estamos solos. De ahí que nos identifique la misma camiseta, aunque estemos rodeados de desconocidos; el jersey cumple, toda proporción guardada, la misma función que los uniformes militares. Y no hay nada despreciable en ello, porque el ser humano es bastante más que su racionalidad ilustrada de cortapisa. La riqueza de un individuo no se mide por la sofisticación de sus gustos, sino por la profundidad con la que vive lo que ama, sea Bolaño o Gómez Bolaños, Messiaen o Messi.
El verdadero problema del amargado no es estético, sino moral. Ha decidido que su infelicidad es un signo de inteligencia y que la alegría ajena es una prueba de vulgaridad. Esa inversión de valores no le hace más profundo; le hace, simplemente, más intratable y a final de cuentas más solo. Su deseo de separación es una profecía autocumplida, pero no hacia arriba.