El primer viaje que emprendí en carretera fue recién llegado al mundo. Nací el 11 de diciembre de 1973 en Mérida, Yucatán, y mis padres decidieron sorprender a la familia irrumpiendo en la cena navideña de ese año, en la Ciudad de México. Pasar Nochebuena en la capital implicó salir entre el 21 y el 22 de diciembre, pues entonces el viaje -en la ruta rápida- implicaba dos días.
Cuentan que aquel invierno nevó en los límites de Puebla con Veracruz, o al menos una parte el camino estaba cubierto por nieve. Imaginarme entre cobijas, inconsciente de todo, en brazos de mi madre, es una estampa construida que me reconforta.
Mis padres tuvieron aspiraciones. Ambos nacieron en pequeños pueblos. Ella en Beristain, Puebla, aunque su gente es más hidalguense que poblana. Él, en Hunucmá, Yucatán. En común tuvieron que emigraron a la capital para tener educación de calidad. Ambos en escuelas públicas, IPN y UNAM. Se conocieron en la Unidad Habitacional Nonoalco, Tlatelolco.
El punto es que nací en tierras del Mayab, pero la familia vivía ya en el Distrito Federal, razón por la que mi veinteañero padre emprendió la misión de manejar mil quinientos kilómetros con su joven esposa, un bebé de días y su hija de un año 4 meses de edad.
A partir de entonces, el viaje México – Mérida - México, se repitió decenas de ocasiones. Conservo los mejores recuerdos de aquellas travesías abordo de nuestro volkwagen azul y después un Renault 5. En tan diminutos vehículos cabíamos los 6 integrantes de la familia con todo y equipaje. Sería difícil para las nuevas generaciones pasar horas enteras sin usar ningún tipo de aparato electrónico, salvo una grabadora cuyas baterías se administraban con recelo.
Mi padre fue un gran conductor. Su ritual para preparar el carro, su disciplina para no comer de más en el camino, la manera de interactuar con luces y claxon con los camiones, sus canciones y anécdotas, marcan mis mejores recuerdos de viaje.
Recorrer esos 1500 kilómetros ida y vuelta, fueron mi primera referencia de la grandeza de nuestro país. Era sorprendente cambiar de paisajes, climas, formas de hablar, gastronomía, etc. Atravesar 9 estados en 48 horas dejaba grandes lecciones .
Atestiguamos cómo al paso de los años transitábamos mejores carreteras y puentes que hacían más rápido el camino. Muchos lugares donde parábamos a descansar o comer aún existen. Algunos envejecieron con cierta dignidad y otros han mejorado con el tiempo. Otros lucen arcaicos y descuidados.
Remembrar aquellos viajes no implica el deseo de volver a vivirlos solamente porque en cada uno fui feliz. Gracias a las carreteras modernas he podido hacer ese recorrido en motocicleta y los años de trabajo me han permitido también hacerlo en avión y estar en menos de dos horas en mi amada tierra.
La añoranza por el pasado, la obsesión por otros tiempos, es renunciar al presente y con ello a un mejor futuro. En la vida personal y la de las naciones, volver al pasado es un riesgo que genera estancamiento. Tomar decisiones por sentimentalismos de tiempos vetustos, es usar el corazón y no la razón.
Recordar es vivir. Está bien hacerlo eventualmente. Empero, invertir tiempo y recursos en construir el pasado a imagen y semejanza, es negar la evolución y la posibilidad de transformar con visión de futuro. Transformar en reversa no es avanzar, es involucionar.
En personas e instituciones, el retroceso no debiera ser opción. Hacerlo, sería como dinamitar las carreteras. No importa quién lo sugiera, el pasado debe permanecer como referencia histórica, nunca como plan a futuro.