La gobernadora de Chihuahua María Eugenia Campos Galván informó la semana pasada que fueron recuperados los cuerpos de los 2 padres jesuitas Javier Campos Morales y Joaquín César Mora, y el cuerpo del señor Pedro Heliodoro, guía de turistas, quiénes fueron asesinados el lunes de la semana pasado en una iglesia de Cerocahui, Chihuahua, ubicada en la región de la Sierra Tarahumara.
La Fiscalía de Chihuahua ofreció una recompensa de $250.000 dólares por información que lleve a la captura de José Noriel Portillo Gil alias “El Chueco”, a quién se le imputan los delitos de homicidio, delincuencia organizada, y se le señala como el probable responsable de los hechos ocurridos, en la iglesia de la comunidad de Cerocahui, luego de que los 2 padres jesuitas intentaran ayudar a un hombre herido que buscaba un lugar para refugiarse. Sin embargo, el agresor siguió a su víctima hasta el interior del centro religioso donde abrió fuego contra el sujeto, y contra los dos clérigos.
Se ha señalado a Noriel Portillo Gil, “El Chueco”, como el presunto responsable del homicidio y la sustracción de los cuerpos de los sacerdotes, y del laico. “El Chueco” también ha sido vinculado como el líder de una célula del grupo delictivo “Gente Nueva”, considerado como el brazo armado del Cártel de Sinaloa en Chihuahua. La gente del pueblo ha reconocido la labor de los jesuitas: “No solo eran curas de sacristía, sino verdaderos amigos, papás, hermanos y compañeros de camino”.
Por su parte, el Papa Francisco, conmocionado por la noticia, se mostró alarmado por la violencia en México; en su cuenta de Twitter aseguró que “la violencia no resuelve los problemas, sino que sólo aumenta el sufrimiento innecesario”.
De acuerdo con la organización Centro Católico Multimedial, en la última década, 30 curas han sido asesinados a lo largo del territorio mexicano. Además, cabe recordar que en mayo se dio a conocer que suman 100 mil las personas desaparecidas en el país, por lo que el caso de los curas asesinados ha encendido las alarmas en el mundo.
Durante los últimos 20 años, los jesuitas y los pobladores locales han sido testigos de cómo los cárteles de la droga estrecharon su control sobre la Sierra Tarahumara, llenando las montañas de adormidera, la planta de la cual se extrae el opio y marihuana. La autoridad se ha hecho de la vista gorda, y no ha actuado para enfrentarlos, y aquí están los resultados.
Se levantan voces de religiosos como la de Chesnut, que dicen que México se ha convertido en uno de los países más peligrosos del mundo para el clero católico, sobre todo debido a la violencia endémica del narcotráfico.
Durante el último siglo, los jesuitas han sido conocidos como defensores de los derechos humanos y promotores de la justicia social, y esto no a todos gusta.
Es urgente que se incremente la protección para los religiosos y laicos que trabajan en la población de Cerocahui, Chihuahua, así como adoptar medidas de seguridad en la región de la Sierra Tarahumara, y en todo el país, porque lo sucedido es una muestra más del narco estado que ha fomentado la 4T, con su política de abrazos y no balazos.
Ya ni en la Iglesia podemos estar a salvo¡