En Brasil pasó algo muy similar a lo sucedido en Estados Unidos con los comicios presidenciales de 2020: perdió en las urnas un presidente populista de talante autoritario, pero su movimiento extremista quedó vivo y, quizá, incluso fortalecido. Tras una muy apretada victoria en las urnas, Lula da Silva gobernará un Brasil asaz diferente al de 2003, cuando llegó por primera vez a la presidencia. Hoy la gran nación amazónica enfrente enormes desafíos económicos, la derecha tiene una presencia mayoritaria en el Congreso y en los gobiernos locales de los estados más importantes y es notable el giro conservador de la sociedad brasileña, propiciado por la irrupción de las iglesias evangélicas. El bolsonarismo goza de cabal salud.
En política estar en el poder no siempre es sinónimo de ejercerlo a plenitud. La polarización del escenario político y la mala situación económica impedirán a Lula reeditar los consensos de su primera etapa como presidente (2003-2010). Con una oposición hostil no podrá impulsar una agenda legislativa tan progresista. Además, ganó gracias a una alianza electoral con las fuerzas centristas y liberales. El lulismo enfocó, atinadamente, la campaña electoral de como una lucha entre democracia y autoritarismo, no como una disputa entre la izquierda y la derecha. Lula construyó una amplia coalición con adversarios del pasado como el socialdemócrata Geraldo Alckmin, su rival en las elecciones de 2006 y ahora su futuro vicepresidente. El pacto sirvió para ganar las elecciones, pero también obligará a la moderación y a priorizar al pragmatismo sobre la ortodoxia ideológica. Brasil ya no es la potencia emergente de antes. La inflación está desbocada, el dólar se ha fortalecido, la deuda pública es exorbitante y la economía de China (el principal socio comercial de Brasil) está estancada. No bastará con la nostalgia para gobernar. Si Lula no es capaz de revertir la delicada situación económica, la derecha tiene muchas posibilidades de recuperar el poder en 2026.
Pero, a fin de cuentas, Lula ganó y eso es importante. Sus administraciones no fueron perfectas, pero jamás gobernó como un populista autoritario, de esos tan de moda hoy en día. Sabe negociar, tolerar y pactar. No polariza, no recurre al discurso de odio, respeta a las instituciones democráticas, no considera a quienes no piensan como él enemigos de la patria y jamás ha caído en la tentación megalomaníaca de creer ser el alfa y omega de la historia brasileña. Su primera declaración tras ganar la elección es estimulante: “Voy a gobernar para 215 millones de brasileños y no solo para mis sinpatizantes… No hay dos Brasiles. Somos un país, un pueblo, una gran nación”. Sus habilidades serán fundamentales para triunfar en el genuino gran reto de su tercera presidencia: reconciliar a un país polarizado.