Tomás de Aquino y Dante Aligheri, suman a sus imponentes obras aquellos “espejos de príncipes”, es decir, textos donde el consejo prudencial (al más puro estilo de la tradición estoica) refiere a los herederos de esos fabulosos imperios, advirtiendo sobre la importancia del comportamiento público, donde si bien el papel de la fe cristiana es parte de su preocupación, el ejercicio fáctico del poder es el objetivo.
En España, Carlos V redacta en 1543 los Consejos de Palamós, remitidos a su hijo, el futuro Rey Felipe II, al que en sus Cartas Privadas recomienda Los Discursos a la Primera Década de Tito Livio, de Maquiavelo y los Análes del Imperio Romano, de Tácito. El movimiento humanista, esta magna operación de recuperación, traducción y difusión crítica del pensamiento grecolatino y árabe, con protagonistas como Erasmo de Rotterdam, y sus colegas hispanos Antonio de Nebrija, Antonio de Guevara o Juan Luis Vives, manifiestan la importancia de lo que significa que un gobernante cuente con la educación necesaria para hacerse cargo de las responsabilidades de un gobierno que no se permitía las libertades de las democracias modernas, en donde –idealmente- cualquiera puede asumir el poder mediante el sufragio, resultando imposible determinar quién y cómo debería de formarse un hipotético gobernante del que no se tiene idea.
Podemos sintetizar algunos temas de estos consejos. La capacidad de limitar la espontaneidad para evitar malentendidos en un mundo que observa, juzga y castiga las reacciones fuera de lugar, en especial el verse débil, ignorante, prepotente o imbécil. La educación no solamente es el respeto a las leyes, sino al uso público de la palabra. Los monarcas de la casa imperial de Austria no hablaban en público, sino que su presencia por sí sola, amparada sobre el poder iconográfico de los símbolos cortesanos, garantiza el respeto no solamente al monarca, sino también al Estado. Ante el poder legal del Estado, sólo importa el respeto.
La preocupación de un gobernante real es el Estado, que incorpora a todas instituciones de la sociedad, no comprendidas solamente como caótico pueblo, sino como figuras legalmente constituidas con derechos y obligaciones (ciudadanos). La figura del monarca es más que su personalidad física; encarna la soberanía y con ella el símbolo de la autoridad como estudiará Kantorowicz en The King´s Two bodies.
Los errores, como utilizar el poder del Estado para favorecer a un partido político en los sistemas electorales modernos, o no limitar el uso de las palabras ante una cuestión delicada –téngase el remitirse a una canción como ¡Uy qué miedo! para encubrir una disputa comercial que puede ascender a veinte mil millones de dólares en aranceles-, tiene un costo: que el pueblo pague los errores de sus gobernantes.