Las vecindades entre países son como los parentescos: uno no los escoge. Con algunos, las afinidades hacen que podamos entendernos con una mirada. Con otros, hay que cuidar cada gesto y palabra para evitar un armagedón. Ese es el caso de nuestra vecindad con EE.UU.
En 1985, el periodista británico Alan Riding publicó “Vecinos distantes”, un libro que se convirtió en una referencia obligada para entender la compleja relación entre México y EE.UU. Riding falleció hace apenas unos meses en París. Quizá sea momento de reeditarlo. Y, sobre todo, de releerlo.
Resulta difícil encontrar en nuestra historia reciente tantos desencuentros y abiertas confrontaciones en tantos frentes al mismo tiempo: arbitrajes comerciales por incumplimientos del T-MEC, acusaciones de tolerancia frente a organizaciones criminales ahora calificadas como terroristas. Una relación con el narcotráfico que pasó de ser fundamentalmente un problema policial, con algunos componentes de salud pública, a convertirse de seguridad nacional. Y hay algo todavía más inquietante: mucho de lo que escuchamos hoy ya lo habíamos visto hace cuarenta años.
Si uno leyera las declaraciones de funcionarios del gobierno de Miguel de la Madrid y sustituyera los nombres, algunas frases podrían atribuirse perfectamente a funcionarios actuales. Los mismos reproches, acusaciones de injerencismo, reclamaciones de soberanía. Pareciera que en cuarenta años nada hubiera cambiado. Pero cambió casi todo.
Mientras los responsables de la seguridad y política exterior del gobierno de De la Madrid intercambiaban reproches con Washington, los tecnócratas encabezados por Carlos Salinas incubaron lo que una década después se convertiría en el TLCAN. Hoy, aquel tratado evolucionó en el T-MEC y es uno de los principales motores de la economía mexicana.
La ironía es enorme: uno de los mayores legados del llamado “periodo neoliberal” terminó convertido en una pieza prácticamente indispensable de la economía nacional.
Incluso entre quienes añoran los mercados cerrados y las empresas públicas, la realidad es difícil de esquivar: romper de manera abrupta nuestra integración económica tendría costos enormes. No estamos en 1985. Tenemos más del doble de población y una sociedad considerablemente más envejecida. Una ruptura económica hoy no sería regresar al pasado: sería entrar en un territorio desconocido.
Por eso, la situación en la que México negocia hoy el T-MEC, pero sobre todo, la relación con su vecino más importante exige algo que parece haberse vuelto escaso: estrategia. Washington quiere mayor control sobre las fronteras y sobre las redes criminales que operan en ellas. Sus empresas quieren certeza jurídica, seguridad y reglas fiscales previsibles. Y nosotros necesitamos preservar una relación económica de la que depende una parte fundamental de nuestra prosperidad. Hay miles de millones de dólares invertidos en México. No pueden simplemente desaparecer de un día para otro. Pero tampoco debemos asumir que permanecerán indefinidamente.
Quizá el verdadero problema no es que seamos “vecinos distantes”, sino que seguimos comportándonos como si pudiéramos darnos el lujo de serlo.
¿México necesita hoy defender más su soberanía frente a EE.UU. o aprender a ejercerla con mayor inteligencia?