Para algunas personas; la cotidianidad tiene el tedio de lo predecible; mientras que para otras, que todo pase conforme a lo planeado es darle tranquilidad al alma. Ya sea que busquemos una vida tranquila o predecible; u otra llena de aventuras y torrentes emocionales, prácticamente todas las personas buscamos una mezcla de ambas, pero tendiendo más a lo predecible; con pizcas de emociones o aventuras que recordar.
Escribo esto porque las instituciones públicas de México, pareciera en más de una ocasión, que su diseño está hecho no para hacernos la vida más fácil, sino para vivir en la incertidumbre recurrente. Empecemos por las fiscalías.
Toda fiscalía en nuestro país tiene rezagos y problemas: pero mientras en estados como Querétaro o Guanajuato, existe una expectativa razonable que se esclarezcan al menos 4 o 5 homicidios de cada 10; en estados como Guerrero o Michoacán, estos números tienden a cero. Simple y sencillamente quien mata en estos últimos estados, prácticamente tiene un pasaporte a la impunidad total.
Para remediar o mejorar esta situación, desde el 2011 nuestro país empezó una reconstrucción institucional para fortalecer sus fiscalías: se reformaron leyes, se asignaron nuevos presupuestos y se recibieron ayudas financieras y de capacitación del exterior; particularmente del gobierno de Estados Unidos y de la Unión Europea. Pasó el tiempo, y mientras algunos estados sí se aplicaron para mejorar, muchos otros avanzaron poco o simplemente se evaporó el dinero. Nadie supo qué pasó con esas inversiones multimillonarias en varios estados.
Esto se ha agravado porque desde hace siete años no ha habido esfuerzo nacional sólido para mejorar las capacidades de las fiscalías para investigar y perseguir delitos, que permita presentar investigaciones sólidas a los jueces. Se optó por el camino fácil: aumentar el número de delitos que ameritan prisión preventiva, con lo cual no se requiere investigación profesional, sino sólo a veces cumplir con la coyuntura para informar que se está haciendo algo. Por eso hoy tenemos a la población penitenciaria más grande de los últimos años, pero que en poco o nada ha impactado en la cantidad de delitos cometidos ni en los niveles de inseguridad que percibe la población.
Otro problema serio que arrastra el país son las facultades de verificación de las dependencias administrativas para operar y supervisar negocios. Hay una extorsión generalizada a las personas empresarias en muchas regiones del país que cumplen con las reglas del juego para operar conforme a ley; pero hemos pasado del país de las “mordidas” para que un negocio opere con ciertos niveles de informalidad, a un país depredado por sus autoridades que lucran con cada metro cuadrado del espacio público, o con cada facultad discrecional de alguna norma administrativa para cerrar negocios, quebrar empresas y pauperizar más la economía del país.
Los discursos en lo macro chocan con la realidad en lo micro y en lo local. No podemos seguir siendo un país cuyas instituciones hacen nuestras vidas impredecibles.