El día de navidad de 1909 se celebró la primera edición de la carrera México-Puebla. El camino distaba mucho de ser idóneo para una competencia automovilística; aún era más un camino de herradura que una carretera moderna. Desde el principio el mejor tiempo lo marcó Ángel Pinal e Icaza con su pequeño Sizaire-Naudin, porque recorría la ruta sin sufrir contratiempos serios, a diferencia de los demás competidores:
En Texcoco, una piedra perforó el tanque de gasolina del Oldsmobile de Rafael Alducín, obligándolo a abandonar; Alberto Braniff sufrió un grave desperfecto en las inmediaciones de la hacienda de Chapingo que lo dejó fuera; en Calpulalpan, los hermanos Manuel y Alberto Buenrostro rompieron la suspensión de su Packard al caer en un enorme hoyo; similar suerte corrió la mayoría de pilotos, cuyas máquinas no resistían el agreste camino.
La carrera fue casi una prueba de demolición. Pese a los arreglos previos efectuados, la superficie de la “pista” hacía que los vehículos dieran brutales saltos, tumbos y sacudidas para los que no habían sido diseñados o preparados. Pero esto llenó de emoción a miles de espectadores apostados en las orillas del camino. Al pasar por San Martín Texmelucan, muy cerca de la meta, los corredores fueron recibidos con música y cohetes. La gente estaba verdaderamente feliz con el espectáculo.
A las 2:30 de la tarde llegó el ganador a Puebla; tras 4 horas y 51 minutos de azarosa travesía, cruzó la meta, casi en calidad de chatarra, el Sizaire-Naudin de Ángel Pinal e Icaza pilotado por H. G. Steslop. Sin embargo, el verdadero ganador de la primera carrera México-Puebla fue el Packard número “0” de Buenrostro, Ornedo y Rubio –que había llegado una hora después de la largada y compitió fuera de concurso–. Hizo un tiempo de 4 horas y 16 minutos, mucho mejor que el de Pinal e Icaza. El premio del ganador oficial fue una copa de plata.
Pese a que los tiempos y velocidades alcanzados fueron modestos, el resultado del certamen fue excelente desde el punto de vista deportivo y publicitario. Los pilotos se hicieron famosos y recibieron el agasajo de la sociedad poblana, mientras que a los organizadores se les reconoció por su brillante trabajo. Se decidió entonces hacer de la carrera una tradición anual.
Otro de los efectos de la competencia fue incentivar a las autoridades para que realizaran obras de mejora en la ruta. A principios de 1910 el camino a la angelópolis era modernizado. Su trazado se modificó. “El Imparcial” daba la noticia: “La nueva carretera, que será amplia y espléndida, pasará por el punto llamado Río Frío, y con ello se conseguirá acortar de manera considerable la distancia, consiguiéndose con esto menor costo y más facilidad para los “récords” que quieran establecer los automovilistas”.
La carretera mejoró mucho en relación con el año anterior; partía desde San Lázaro como un largo tramo recto macadamizado con tezontle, hasta el Peñón Viejo –la actual Avenida Ignacio Zaragoza–; de ahí hacia Los Reyes; Texcoco, donde iniciaba el ascenso a la serranía cuyo punto más elevado es precisamente Río Frío; para finalmente descender a San Martín Texmelucan, poco antes de la capital poblana. En total 95 kilómetros estaban macadamizados, y además se construyeron 32 puentes sobre arroyos y barrancas, hechos de sólida mampostería y vigas de acero.
Así pues, en buena medida gracias a las competencias automovilísticas, la anticuada red de caminos del país tuvo que ser actualizada para estar acorde con los nuevos tiempos dominados por los vehículos de combustión interna. La carrera México-Puebla se corrió en tres ocasiones. Fue cancelada en 1911 debido a la revolución. Hasta el jueves…